jueves, septiembre 21, 2006

 

Literatura de urgencia

El reportaje en Colombia: una mirada hacia nosotros mismos

Por Juan José Hoyos Naranjo
Profesor Titular de periodismo de la Facultad de Comunicaciones
de la Universidad de Antioquia


Introducción

Desde la noche de los tiempos, aunque jamás ha pretendido ni querido elevarse al rango de una ciencia, el periodismo ha sido tal vez la actividad humana que, junto con la historia, la literatura y otras artes como el teatro y el cine, les ha permitido de manera más profunda a los hombres conocerse a sí mismos y arrojar luz sobre su propia historia.

Y en el periodismo ha existido un relato que quiere abarcar toda la realidad y que resume todos los demás géneros periodísticos, como la crónica, la entrevista, el perfil y hasta la misma información. Ese relato es el reportaje. No siempre se llamó así. Desde que los escribas persas inventaron la escritura en tablas de arcilla lo primero que escribieron fue algunas crónicas. Así se les llamaba en esa época a los relatos que no eran poesía épica. Junto con esa clase de poemas, conservados por la tradición oral, el periodismo ha estado ligado al desarrollo de los pueblos, retratando su historia, contando sus guerras y relatando su vida cotidiana, aun en los tiempos en que no existía el maravilloso invento de Gutenberg que permitió, algunos siglos después, multiplicar en hojas incontables estos y otros relatos, lo cual dio nacimiento a la prensa escrita moderna.

¿Por qué estoy contando esta historia? Desde 1976 —el año en que acabé los estudios de comunicación social y periodismo en la Universidad de Antioquia— tengo una obsesión con el nacimiento y el desarrollo del reportaje, ese invento maravilloso de la humanidad para contar lo que le sucede como si fuera una novela, pero sin inventar nada, narrando solamente la verdad, como lo han hecho centenares de escritores en países extranjeros, desde Daniel Defoe hasta Gay Talese y Truman Capote, y en Colombia Francisco de Paula Muñoz, Porfirio Barba Jacob, José Antonio Osorio Lizarazo, José Joaquín Ximénez, Germán Pinzón y Gabriel García Márquez, para hablar sólo de algunos de ellos. Tal vez por eso, después de leer muchos manuales de estilo de periódicos de casi todo el mundo, la definición que más me gusta del reportaje es la del escritor y periodista mejicano Vicente Leñero, quien llama a este género del periodismo —el mayor, sin lugar a discusiones— la pequeña novela de nuestra realidad cotidiana.

Mi obsesión amorosa por el reportaje nació en la hemeroteca de la Universidad de Antioquia, ese lugar sorprendente construido por generaciones y generaciones de hombres y mujeres de nuestra región que comprendieron que la palabra impresa, con el paso de los años, sigue diciendo y por eso adquiere un nuevo valor y se convierte para las nuevas generaciones en uno de los más valiosos legados de los muertos. Una fuente de sabiduría. Un camino. Una mirada hacia nosotros mismos.

Siguiendo ese camino, desde que me formé como periodista en la entonces Escuela de Comunicaciones, adscrita al Departamento de Humanidades de la antigua y gigantesca Facultad de Ciencias y Humanidades, descubrí, por allá en un salón aislado y empolvado, en el último piso de la Biblioteca Central, un montón de periódicos arrumados de los que todavía no me he logrado desprender. Y creo que por muchos años no lo podré hacer, por lo menos mientras siga vinculado a las cátedras de periodismo en mi universidad.

Hablando con mis estudiantes de periodismo, casi todos preocupados sólo por el presente y por esa entelequia que llaman “actualidad” —alimentada, además, por eso que llaman “periodismo informativo”, que en nuestro país casi siempre lo que hace es desinformar a la gente— alguna vez sentí que tal vez había cometido un error grave gastando tantos días, semanas y meses leyendo periódicos viejos. Hasta que escuché de boca del periodista Germán Castro Caycedo —que no se formó en la academia en esta profesión sino como antropólogo— una frase que me dejó atónito. Él dijo, en una reunión con los estudiantes de periodismo investigativo de la Universidad de Antioquia, que casi todo lo que él sabe de este oficio del periodismo y de la historia de nosotros los colombianos, lo aprendió en una huelga de la Universidad Nacional, en Bogotá, que duró varios meses, y durante la cual él se pasó semanas enteras encerrado en la hemeroteca de la “ciudad blanca” leyendo reportajes y crónicas de los llamados periodistas “viejos”. Allí encontró los que luego se convirtieron en sus maestros: Alberto Urdaneta, Germán Pinzón, el autor anónimo de “El 10 de febrero”, Camilo López y otro montón de reporteros colombianos. Luego añadió a esas lecturas las de los escritores clásicos de las novelas del siglo XIX, quienes inventaron todos los procedimientos narrativos del periodismo moderno, con excepción del relato de estilo telegráfico conocido como noticia. Hablo de Charles Dickens, de Honorato de Balzac, de Fedor Dostoyevski, por mencionar sólo algunos de ellos. Así aprendió a escribir el que es hoy el mejor escritor de reportajes de Colombia.

Volvamos a la Universidad de Antioquia, la casa de estudios fundada hace 200 años que yo amo como la han amado tantas generaciones de colombianos que han descubierto en sus claustros las luces de la razón. Esos periódicos viejos que empecé a leer en su hemeroteca, fundada junto con su biblioteca de hoy por don Clodomiro Ramírez en la década de 1930, estaban tirados en el suelo porque los funcionarios que entonces administraban la Universidad se habían gastado el presupuesto de la Biblioteca en hacer estantes para los libros, en clasificarlos, en atender muy bien en los primeros pisos a los lectores de toda la ciudad que acudían día tras día a consultar las colecciones de la que sin duda es la biblioteca más importante de nuestra región. Pero los periódicos los habían dejado en un olvido completo, humillante para los que amamos esta profesión y sabemos del valor de esos papeles amarillentos.

Para algunos de los bibliotecólogos que trabajaban en esta venerable sección del Alma Máter, esa colección de periódicos no valía nada. Por eso su depósito, a pesar de que contenía algunas de las historias más valiosas de nuestro país, era el último piso de la biblioteca, el más olvidado. Un desván lleno de polvo y humedad, un cuarto de San Alejo cuyo polvillo hacía estornudar a todos los que entrábamos en él y al cual mandaban a trabajar como castigo a algunos profesores que habían sido sancionados por irregularidades en su desempeño como docentes o porque estaban incapacitados para dictar sus cátedras por motivos de salud.

En ese salón había una colección de prensa de los siglos XIX y XX que es, tal vez, una de las más completas que existen en el país junto con la de la Biblioteca Nacional, en Bogotá; pero esa colección no había sido clasificada. Ni siquiera se sabía a ciencia cierta cuáles eran los periódicos que se hallaban guardados desde hacía más de un siglo en el lugar. Hasta que una paciente generación de profesores de distintas facultades y disciplinas, como Jorge Villegas, y luego Maria Teresa Uribe, Jesús Álvarez, Víctor Álvarez... y algunos periodistas y estudiantes de periodismo e historia, nos dedicamos a rescatar del olvido y a clasificar esa enorme cantidad de papeles que se estaban pudriendo y que contenían buena parte de los misterios públicos y secretos de la vida política, la economía, la educación y hasta la vida cotidiana de nuestra región y nuestro país.

Después de leer centenares de páginas de aquellos periódicos ya amarillentos, comprendí que lo que allí había era el pensamiento de muchos grandes hombres que construyeron nuestra historia como región, como país, como Estado, y que su legado se había preservado gracias a varias generaciones de lectores de Antioquia que habían coleccionado amorosamente todos esos papeles convencidos de que ahí había una parte fundamental de la historia colombiana.

Cuento como una simple anécdota que era tanto el menosprecio de algunos funcionarios de la Universidad por esa colección de “papeles viejos” que un fin de semana una señora que trabajaba en las labores de aseo en la biblioteca se olvidó de cerrar una llave del acueducto y se inundó el piso de ese salón donde reposaban sobre el suelo miles y miles de periódicos con fechas que iban desde 1800 hasta el siglo XX. El agua acabó con un montón de esas invaluables colecciones; sin embargo, eso sirvió para que las autoridades administrativas de la Universidad de Antioquia por lo menos ordenaran la compra de unos andamios de madera para elevar un poco los periódicos del nivel del suelo y así protegerlos de la humedad.

Fue entonces cuando algunos profesores y estudiantes de periodismo e historia, en especial de la materia Historia de la Prensa en Colombia, recién creada en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Antioquia, empezamos a leer y a clasificar esa gigantesca colección de periódicos, con la orientación y la ayuda de algunos profesores de historia, economía y sociología, todos interesados por estudiar nuestro pasado. El hombre que empezó con esa labor ya no vive entre nosotros, pero yo quiero hacerle un pequeño homenaje. Su nombre voy a repetirlo: se llamaba Jorge Villegas, y era un economista dedicado como pocos al estudio de la historia de nuestro país; cuando digo historia, hablo de historia en todos los sentidos, como la concebía Lucien Fevre. Escribió sobre el petróleo en Colombia y las ambiciones de los gobernantes y las compañías petroleras norteamericanas por controlar ese recurso estratégico del mundo; escribió además sobre economía, músicos populares y folclor.

También estuvo, como ya dije, María Teresa Uribe de Hincapié, una socióloga apasionada por la historia; Jesús María Álvarez Gaviria, un economista extraño interesado por estos temas, y Mario Arteaga, un profesor de filosofía. Maria Teresa y Jesús María, con el paso de los años, y armados de una paciencia benedictina, escribieron un libro que en mi desinformada opinión —no soy historiador profesional, sino periodista— es el índice más valioso que se ha publicado en Colombia sobre la prensa del siglo XIX.

De la labor de estos pioneros conservo en mi memoria algunas anécdotas. Tal vez la que más me golpea todavía tiene que ver con Mario Arteaga, el profesor aparentemente más ajeno a las lides de la historia. En mi cabeza todavía retumban sus carcajadas en esa hemeroteca del cuarto piso, mientras leía algunos de los periódicos amarillentos del siglo XIX que él estaba “indizando”, como dicen los historiadores. Después comprendí sus carcajadas: era que la prensa de esa época había sido escrita por hombres tan cultos e inteligentes que hasta hacían reír a los lectores anónimos que repasaban sus páginas.

Yo subí hasta esa hemeroteca sin necesidad de pagar condenas, animado simplemente por el afán de conocer la historia de nuestro país y de nuestro periodismo. Y empecé a leer esos periódicos y a llevar a los estudiantes de periodismo a tratar de que se enamoraran de ellos.

Casi todos los periódicos del siglo XIX y de comienzos del siglo XX me sedujeron inmediatamente, quizás por mi inquietud por el pasado y por las historias que le había escuchado a mi padre, que también fue, esporádicamente, periodista. El era un dirigente liberal gaitanista y en Puerto Berrío, en plena época de la violencia, fundó un periódico llamado El Combate. También escribió el primer editorial del mismo: “Por qué combatimos”.

Siempre me he preocupado por el pasado, porque creo que uno no puede comprender el presente sin saber las cosas que han sucedido antes. Lenin, un viejo pensador y dirigente político hoy vapuleado, a quien todavía admiro, así no comparta ya algunas de sus ideas, repetía una frase memorable de la antigua China que aún tiene para mí una vigencia demoledora: “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”.

Cuando terminé la carrera de periodismo me gradué con un trabajo sobre los primeros cincuenta años de la prensa en Colombia. Para llevar a cabo esa investigación me leí buena parte de los periódicos colombianos publicados entre finales del siglo XVIII y la mitad del siglo XIX, tratando de rastrear el nacimiento de los partidos políticos colombianos. Años después me di cuenta de que un historiador —ese sí un profesional, y no un aficionado como yo: Germán Colmenares— había escrito un libro sobre el mismo tema y había llegado a conclusiones muy parecidas a las mías. El texto mío era un poco dogmático: yo apenas tenía 24 años... Sin embargo, sólo ahora, con el paso del tiempo, he descubierto que a pesar de todo tenía una cualidad: como soy periodista, ese estudio sobre nuestra prensa y el surgimiento de los partidos políticos contenía mucha información desconocida hasta entonces —estoy hablando del año de 1977— para mucha gente, incluso del mundo que llaman “académico”.

El trabajo fue de alguna manera desastroso, porque entonces nadie sabía cuáles periódicos estaban guardados en esos estantes. Me tocó, como a muchos investigadores de esa época, trabajar a ciegas, sin índices, sin guías, sin más director de tesis que un filósofo que se acababa de enrolar en las filas del periodismo y de la docencia universitaria.

La Universidad de Antioquia se demoró más de un siglo para publicar el primer catálogo de esas colecciones. Como ya había muerto Jorge Villegas, el trabajo lo hicieron —como ya dije— María Teresa Uribe de Hincapié y Jesús María Álvarez y se titula: “Cien años de prensa en Colombia. 1840-1940”. Fue publicado por la Editorial de la Universidad de Antioquia en el año 2002. Hasta esa fecha la información sobre los periódicos había circulado entre los lectores en unas miserables hojas mimeografiadas. Sólo entonces esas hojas de valor inconmensurable para los investigadores de todas las disciplinas tuvieron una edición digna de su importancia. Qué orgullo que la haya nuestra Editorial.

Después de leer casi todos los periódicos colombianos existentes en la hemeroteca de la Universidad desde 1791 hasta 1854, la conclusión a la que llegué fue un poco extraña: los partidos políticos en Colombia se incubaron y, digamos, fueron trazando todos sus programas como partidos en las redacciones de los periódicos. Los periodistas de entonces eran, ante todo, unos grandes ideólogos y unos grandes intelectuales. Además —algo que se perdió después, con la difusión del estilo telegráfico de los “cables”— eran casi todos grandes escritores.

Leyendo esas hojas amarillas, algunas ya a punto de disolverse por la acción del tiempo y de la humedad, y por la composición química del papel de esa época, me di cuenta, por ejemplo, de que llegó a tal punto el enfrentamiento entre los periódicos de la década de 1840 a 1850 que había un semanario que se llamaba La Noche y era liberal. Por lo menos pertenecía a ese grupo de ideólogos que luego fundaron el partido liberal. Ese periódico se publicó porque había otro, de un bando opuesto, en el que figuraba como director y redactor Mariano Ospina Rodríguez, el inolvidable caudillo conservador del siglo XIX. Ese periódico se llamaba El Día, y era entonces la publicación escrita más importante del país.

Historias como éstas me sedujeron y por todo eso pasé muchos años en la hemeroteca de la Universidad de Antioquia tratando de rastrear los comienzos del periodismo colombiano. Así llegué a estudiar la historia del reportaje y del periodismo narrativo en nuestro país.



1. Un relato extraño entre el periodismo y la literatura: el reportaje moderno.

¿Por qué me he dedicado durante los últimos años a estudiar el reportaje? Primero, porque éste es el género mayor del periodismo. Segundo, porque es un género muy cercano a la literatura, especialmente a la novela y al cuento, por su afán totalizador y por su forma de abordar la realidad.

Porque el reportaje busca captar una historia con todos sus detalles, retratando de paso sus personajes, sus ambientes, recreando el drama que hay detrás de los hechos que se narran. Por ese afán totalizador, también es un punto de encuentro entre el periodismo, la literatura, la antropología, la historia, el arte y muchos otros campos del conocimiento ligados a las ciencia humanas.

Empecé leyendo mucha prensa del siglo XIX. Luego me dediqué a leer la prensa del siglo XX motivado por un libro de Daniel Samper Pizano, el gran periodista colombiano que vive desde hace varios años en España y que hizo uno de los trabajos de más alta calidad sobre el reportaje titulado “Grandes Reportajes”, una antología de los mejores reportajes de Colombia.

Ese libro es una especie de catecismo para nosotros los periodistas, pero los catecismos tienen un problema, no dudan de nada. Samper, por ejemplo, afirma que el reportaje nació en Colombia entre las décadas del cuarenta y del cincuenta del siglo XX. Yo tenía la intuición de que ese género había aparecido unos años antes. Empecé entonces a rastrear reportajes antiguos de la prensa colombiana. Yo no sabía con exactitud qué era un reportaje. Es más, le había oído decir a Germán Castro Caycedo que el reportaje como tal no existía en Colombia, sólo la crónica.

Leí muchos manuales de periodismo tratando de comprender qué era el reportaje y todos me confundieron. Para los que no son especialistas en este campo yo les quiero contar, brevemente, qué es un reportaje.

El reportaje es el relato periodístico que tiene mayor afán de totalidad. Es un género que abarca casi todos los otros géneros del periodismo. Es el relato mayor, en el cual todo lo que se narra se parece mucho a una novela o a un cuento, pero todo lo que se cuenta en él tiene que ser comprobable y verdadero.

Es cierto: se confunde mucho con la crónica. Los profesores de literatura casi todos le dicen al reportaje, crónica. Y también algunos periodistas como Germán Castro.

Esta confusión se debe a que hay una dualidad en la clasificación de los relatos con los que trabajamos los periodistas. Como todo lo que viene de afuera nos parece importante, entonces importamos una clasificación de la prensa europea de influencia latina, como la de Francia, España e Italia, pero como estamos en el área de influencia cultural y económica de los Estados Unidos, igualmente importamos la clasificación anglosajona de los géneros.

Los que estudian este problema con la influencia de la clasificación anglosajona saben que el reportaje es distinto de la crónica. En cambio, los que lo estudian más influidos por la tipología de relatos de la escuela latina europea hablan más de la crónica. Para los periodistas aun hay confusiones en la diferencia de estos dos géneros.

Desde 1886 se usa en Colombia la palabra inglesa reporter. La empezó a usar El Correo Nacional, pionero en utilizar cables contratados y periodistas asalariados en nuestro país, pero la palabra reportaje no existía.

La primera palabra que en español se asemeja a “reportaje” aparece en México a finales del siglo XIX. Allí había un género que se llamó reportazgo. Vicente Leñero, periodista y escritor mexicano, que hizo la mejor antología sobre el reportaje en México, dice lo siguiente sobre el reportaje en su libro “México en cien reportajes”: “género periodístico por excelencia, corazón del quehacer informativo que ha hecho de la prensa un artículo de primera necesidad. El reportaje tiene toda una historia de emociones en el periodismo, su pasado se funde con la crónica de finales de siglo, deriva de ella, la complementa, la abunda, la convierte en la pequeña novela de nuestra realidad cotidiana”.

A mí me gusta mucho esa definición del reportaje. Claro que estoy parcializado, porque me apasiona la literatura, pero creo que es de las mejores definiciones que hay sobre este relato periodístico.

“Pequeña novela de nuestra realidad cotidiana”. Por supuesto, novela sin ficción, novela donde todo lo que se cuenta es comprobable. “De las viejas crónicas que reseñaban momento a momento el suceso periodístico, de los melancólicos relatos que parecían acariciar, a fuerza de detalles y observaciones, cuantas veces filosóficas o morales, el paisaje en movimiento de un fenómeno, de un hecho, de una visión pasajera, surgió como un estallido pirotécnico un gran género abarcador de todas las inquietudes comunicantes, que se denominó entonces reportazgo, caracterizado por la velocidad de una prosa que anunciaba el nerviosismo periodístico del futuro y por un afán de averiguarlo todo. El reportazgo rompió el celoso orden de la crónica”.

Esa es una de las diferencias entre el reportaje y la crónica, el orden narrativo. “Eliminó sus contaminantes poéticos”. El reportaje tiene la poesía de los hechos, como las tragedias griegas sobre las cuales Aristóteles escribió la “Poética”. Eliminó, pues, sus contaminantes líricos y “decidió calar en el fondo del acontecimiento”.

Durante varios años recogí definiciones del reportaje. Entre ellas escogí alrededor de diez o doce, algunas contradictorias entre sí. El “Libro de estilo” del diario El País, de España, por ejemplo, lo define en pocas palabras como un “género que combina la información con las descripciones e interpretaciones de estilo literario”. Al referirse al estilo que lo caracteriza, agrega: “Por tratarse de un género desligado de la estricta actualidad diaria, no puede ofrecer como arranque, generalmente, un hecho noticioso. Ha de sustituirse tal arma, por tanto, con imaginación y originalidad...”. En cambio, el “Manual de Redacción” del diario El Tiempo define el reportaje de este modo: “Información redactada en estilo sui generis, basada en testimonios y vivencias, que suministra elementos al lector para contextualizar los hechos de un tema de actualidad”.

Unas páginas más adelante, el mismo manual trata de ampliar esa definición: “Llámase Reportaje a una información que tiene determinadas interpretaciones, descripciones e impresiones para enfocar un hecho desde diversos puntos de vista, y pretende darle al lector los elementos que puedan contribuir a contextualizarla. Trátase, pues, de una noticia desarrollada con cierta libertad de estilo...”

Estas contradicciones no son nuevas en el periodismo. En 1940, por ejemplo, la revista Cromos publicó una serie de reportajes sobre hechos de sangre ocurridos en un pueblo cercano a Bogotá, llamado Viotá. Lo encabezaron así: “Primera crónica de un reportaje escrito especialmente para Cromos”. ¡Primera crónica de un reportaje! Ahí ve uno la confusión. Si eso fue en los años cuarenta, cómo sería a comienzos de siglo.

La crónica puede ser un poco más florida, más retórica. El reportaje es más escueto, aunque es literatura, pero literatura de la realidad. Eso no quiere decir que la literatura no tenga que ver con la realidad, pero mucha gente asocia periodismo con no ficción y literatura con ficción.

La crónica se puede hacer con todo el acervo de conocimientos de la vida que tiene una persona en un momento dado y con todas sus lecturas acumuladas; el reportaje, no. El reportaje exige investigación, exige hundirse en las profundidades de temas candentes y develarlos luego sin subterfugios ni malabarismos líricos.

Con la aparición del reportaje, el cronista se convirtió en repórter. Una prueba de la aceptación del término es que en Colombia, finalizando el siglo XIX, hubo periódicos con ese nombre, como El Repórter.

La palabra se castellanizó: se convirtió en “reportero”. Y a él “sus apremiantes tareas lo hicieron abandonar el garigoleado secreter de los literatos de la época, para lanzarlo de golpe a la realidad, a los laboratorios de la indagación muy a modo de detective de novela policíaca, realmente así, más emparentado con el investigador que con el literato intelectual de aquellos tiempos”, dice Vicente Leñero. (El secreter era ese escritorio que se usaba en las redacciones de los periódicos y que tenía una tapa que se cerraba con llave. También lo usaban las señoras casadas cuando se enamoraban para esconder las cartas de amor). El cronista se convirtió entonces en repórter, y después en reportero.

“El periodista que se empezó a desarrollar con el siglo inventó una nueva manera de contar lo importante de la vida, inventó ese excitante reportazgo que se fue volviendo imprescindible reportaje, el reportaje que conocemos hoy con sus múltiples maneras y propósitos de ofrecer la materia periodística”, dice Leñero. Esa es, pues, una explicación de cómo aparece el reportaje.


2. Crónica, entrevista, noticia y reportaje

El reportaje viene de una fusión de la crónica, por un lado, y de la entrevista, por otro. El término entrevista se importó también. Ese género lo inventaron más o menos en 1850, en Estados Unidos, algunos periodistas que se aproximaban a un personaje y le preguntaban cosas. El nuevo relato llegó hasta nosotros con el nombre de interview, palabra francesa e inglesa a la vez. A comienzos del siglo XX se usaba el verbo interviwar, una palabra entre inglesa y española, una españolización del término interview.

Entonces se funden con este género la crónica, la entrevista y los cables noticiosos que empiezan a llegar por telégrafo a Colombia y que los inaugura un periódico llamado El Telegrama, de Jerónimo Argáez, en 1886.

Hay tres periódicos que fundan la modernidad en el periodismo colombiano que son: el Papel Periódico Ilustrado, de Santafé de Bogotá, dirigido por Alberto Urdaneta, un periódico que no era partidista a pesar de que Urdaneta era un general retirado de origen conservador, pero que le dio cabida en las páginas de su periódico por primera vez en casi todo el siglo XIX a personas de las distintas corrientes políticas liberales y conservadoras; los otros dos son El Diario Nacional, de José María Carbonell, y El Telegrama, de Jerónimo Argáez.

En el periodismo del siglo XIX había, sobre todo, dos géneros: la crónica y el ensayo. En 1850, con la aparición del telégrafo, empieza a aparecer la noticia, el relato económico corto, conciso, a veces de una sola frase y tres o cuatro renglones de extensión donde se dice lo esencial del hecho al comienzo. Esa clase de relato se usó para transmitir las informaciones.

En Colombia todavía no se había puesto en funcionamiento el telégrafo inalámbrico, sólo había telégrafo en Bogotá y sus alrededores. Entonces tenían que traer los telegramas desde Guayaquil, Ecuador; desde ese puerto llegaban en barco a Buenaventura y de ahí eran transportados en mula a Bogotá. Aún así eran noticias frescas en la época: hablamos del año 1886.

Pero hay otro factor muy importante en el surgimiento del reportaje. Se trata de la aparición del cine, que empieza a romper toda la estructura la narrativa ordenada que antes tenía la crónica. El cine empieza a romper el orden cronológico con el montaje, pero, además, impone una nueva forma de narrar sin adjetivar, sin comentar.

Uno en cine no puede decir “ella estaba triste”, sino que tiene que mostrar que ella estaba triste. Todo tiene que escenificarse. La narración cinematográfica le agrega al reportaje eso que ya había hecho también la novela realista del siglo XIX, la escenificación y la narración objetiva, pero también un nuevo punto de vista y un nuevo método narrativo y todo eso se funde para dar origen al reportaje.


3. Formas de contar que influyeron en la aparición del reportaje moderno

El reportaje es pura literatura. Simplemente, como decía Álvaro Cepeda Samudio, es literatura de urgencia. Gabriel García Márquez tal vez ha llegado más lejos en definir este género casi indefinible: él dice que toda historia sobre hechos comprobables ocurridos en la realidad es un reportaje.

Un inventario de los relatos que han influido en la aparición del reportaje nos muestra por lo menos seis estilos de contar y de investigar:

Primero que todo la crónica. El reportaje es hijo de la crónica, pero –como dice Vicente Leñero– la sobreabunda y le impone la investigación, la despoja del lirismo y la convierte en un relato donde la poesía está dada por las acciones y los hechos, como en la tragedia.

La segunda forma que influye en la aparición del reportaje es la inteview o entrevista, porque le impone al periodista ir afuera a buscar sus historias. Eso cambió el estilo del periodismo colombiano.

Es lo mismo que hizo Joseph Pulitzer, que fue el fundador del periodismo moderno en Estados Unidos. Pulitzer compró un periódico del siglo XIX que se llamaba The World y que se dedicaba a cubrir sobre todo la actividad política y el movimiento de la bolsa de valores de Nueva York. El primer día, Pulitzer sacó a todos los periodistas a la calle. Aunque al día siguiente renunciaron más de la mitad de ellos, los que se quedaron y comprendieron el método de este gran periodista encontraron historias en la calle y empezaron a hablar del incendio de ayer, del huracán que azotó las costas del Atlántico, del empresario que se quebró esa mañana en las transacciones de la bolsa, y así inventaron la primera página noticiosa. Antes los periódicos no tenían una primera página dedicada sólo a las grandes noticias.

En Colombia los periódicos empezaron a tener primera página noticiosa aproximadamente en los años veinte. ¿Saben cómo apareció la noticia del estallido de la Primera Guerra Mundial en los periódicos colombianos? En la ciudad de Medellín, en el periódico El Colombiano, fue publicada en una página interior en tres renglones. El texto de la noticia, procedente de un telegrama, decía más o menos así: “hoy fue asesinado el Archiduque Francisco José Primero, Emperador de Austria y Rey de Hungría, en Sarajevo. Hay disturbios. El autor del crimen fue capturado por la policía”.

La tercera forma narrativa semejante al reportaje proviene de la época de La Colonia. Se trata de las llamadas “relaciones de hechos”, que a su vez se derivan de los trabajos que habían hecho los cronistas de Indias. Existía en España el cargo de cronista para las expediciones a América. A los cronistas los nombraba el Rey y ellos tenían que viajar y contar todo lo que veían y todo lo que pasaba.

El reportaje, a mi modo de ver, se deriva de esas relaciones de hechos. Es más, encontré unos reportajes de 1910 y 1914, que además recibían ese nombre español: relaciones de hechos.

Cuando asesinaron al general Rafael Uribe Uribe, Luis Uribe, un periodista que a la vez era médico, escribió una “relación” hermosísima que se llama “Las Últimas Horas del General Uribe”. Él fue uno de los cirujanos que lo operó para tratar de salvarle la vida. Al estar casi toda la noche al pie del lecho del enfermo pudo narrar la agonía del General como un testigo de primera mano.

En esa época no existía la palabra reportaje en Colombia. Ésta apareció en 1818 en París. A raíz de un crimen cometido en las afueras de la ciudad, el director del periódico envió al novelista Henry Latuoche a escribir una historia sobre lo acontecido.

El muerto era un funcionario judicial al que habían encontrado ahogado en un río. Parecía algo accidental, pero había sospechas de que se trataba de un asesinato. Del crimen acusaron a uno de los testigos, que era una mujer. Latouche se fue al lugar y escribió toda la historia.

Ahí se empezó a asociar la palabra reportaje con el trabajo de un escritor, que es más escritor que periodista. Sin embargo, no se queda inventando historias imaginarias encerrado en su estudio, sino que va a la realidad, ve lo que pasa y lo cuenta. Eso es un reportaje. En Colombia se empezó a llamar reportaje a esa clase de escritos desde 1930 en adelante. Eso no significa que en el país no existió hasta esa época el género del reportaje.

La cuarta forma que influyó en la aparición del reportaje fue la publicación de las primeras revistas y periódicos ilustrados. Desde 1881, con la aparición del Papel Periódico Ilustrado las publicaciones de esta clase se convirtieron en el principal agente de modernización de la prensa nacional. Conquistaron nuevos lectores y, como ya publicaban fotos, iban al lugar de los hechos y escribían relatos frescos de lo que había sucedido. Es decir, empezaron a aparecer reportajes.

Las informaciones de sucesos judiciales y de policía fueron la quinta forma narrativa que también influyó en la aparición del reportaje.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX las ciudades eran muy pequeñas. Como ya había repórters, cuando había un crimen iban hasta el lugar del hecho. Hoy hay tantos hechos de sangre en las ciudades colombianas que si un periodista va a todos los lugares donde suceden no alcanza a cubrir ni la mitad de los crímenes, y creo muchos no vuelven vivos. En esa época sí se podía ir al lugar del crimen y tomar datos de primera mano. El reportaje está muy asociado con esos datos de primera mano que toman los reporteros judiciales.

La sexta influencia es literaria y proviene de la novela realista de los siglos XVIII y XIX, que puede decirse es el relato que le legó la gran literatura de esos dos siglos al periodismo. Un ejemplo de ello fue el escritor francés Emilio Zolá.

Zolá investigaba para sus novelas como hoy lo hace un periodista para escribir un reportaje. El novelista francés hacía mapas, copiaba los diálogos que escuchaba entre la gente casi como si fuera a hacer una película —aunque en esa época apenas se estaba inventando el cine—, dibujaba los vestidos que iban a llevar los obreros de la mina de carbón sobre la cual iba a escribir, averiguaba a cuáles lugares iban las lavanderas, qué nombres tenían, etc. Tom Wolfe, el gran periodista norteamericano, ha hablado de estos asuntos de Zolá en su libro “El Nuevo Periodismo”, que deben leer quienes quieran conocer a fondo lo que es el reportaje.

Sobre la influencia de la novela realista en la aparición del reportaje en Colombia, quiero mencionar dos casos: José Antonio Osorio Lizarazo, cuya obra sería inexplicable sin las novelas de Dostoyevski, y José Joaquín Jiménez (Ximénez), que incluso utilizaba títulos dickensianos y dostoyevskianos como “Las Pobres Gentes” y “Vidas Extraordinarias” para sus crónicas y reportajes.

A Germán Castro Caycedo le escuché la cosa más bella sobre este asunto. Él decía: “en vez de ponerme a hablarles sobre muchas teorías a los estudiantes de periodismo, si me toca algún día dar alguna clase, cosa que espero que no me suceda, yo los pondría a leer todas las novelas realistas del siglo XVIII y XIX y con eso se forma mejor un periodista que con veinte libros de semiología”.

Siguiendo con la historia de mi encuentro con el reportaje en Colombia, leí periódicos de 1950 a 1960 y encontré muchos. Luego me devolví a los cuarenta y encontré más; la década del treinta es una década muy gris en la prensa colombiana, pero se consolidan publicaciones muy importantes, como Estampa; aparece un periódico liberal nuevo, dirigido por Alberto Lleras, que se llama El Liberal, y se da la guerra entre Colombia y Perú. A finales de la década del veinte estalla también la famosa guerra del Chaco. En los periódicos aparecen relatos de esas dos guerras. Estos relatos se podrían llamar reportajes. Después leí varias colecciones de periódicos de los años veinte y encontré muchos reportajes más. Entonces comprobé que el reportaje es más viejo de lo que dice Daniel Samper, pero hay que hundirse en las hemerotecas para poder comprobarlo.

Cuando regresé a la Universidad de Antioquia en el año 1985, después de ejercer el oficio de reportero durante casi una década, me dediqué a trabajar en una investigación sobre periodismo y literatura. Entonces vinieron nuevos hallazgos.

Por el periodista Germán Castro Caycedo me enteré de que de niño él había leído un libro en la biblioteca de su padre que narraba un episodio de un atentado al General Rafael Reyes, en el año 1906. Él me decía que eso para él era un reportaje, a pesar de que luego, no sé con qué motivo, él ha insistido en que el género del reportaje no existe, sino el de la crónica, lo cual no es más que un problema de nombres, como ya hemos visto, y no significa nada fundamental para esta discusión.

En la sala de prensa y en la sala patrimonial que tiene la Universidad de Antioquia en la Biblioteca Central, donde ahora sí se guarda muy cuidadosamente ese material y se han microfilmado e indizado casi todos los periódicos, encontré ese libro. Se llamaba “El 10 de Febrero”. Fue impreso en Nueva York, en una tipografía de lujo de la época, por orden del propio General Reyes. En ese momento pensé que ese libro podría ser el primer reportaje escrito en Colombia.

Cuando estaba a punto de entregar el informe final de la investigación sobre el reportaje en Colombia, tuve otro hallazgo sorprendente. Encontré en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto, gracias a la ayuda de su director Jairo Morales, un libro que no sabía que existía y que es, a mi modo de ver, una especie de reportaje como “A Sangre Fría”, la famosa novela de no-ficción de Truman Capote, pero hecho en el siglo XIX, en nuestras propias condiciones y con el estilo de un escritor colombiano. El autor era un periodista de los nuestros, hasta entonces desconocido para mí, llamado Francisco de Paula Muñoz.

Muñoz era abogado, químico, minero, periodista. Incluso fue profesor de química en la Universidad de Antioquia y, además, funcionario judicial. Como fiscal segundo de Medellín le tocó atender un crimen que sacudió a todo el país. El crimen sucedió la noche del 2 de diciembre de 1873, en las afueras de Medellín, por el camino que conducía a Envigado, en una casa de campesinos: mataron a hachazos a seis personas de una misma familia. Un crimen de esta clase en una pequeña y pacífica ciudad como Medellín, en el siglo XIX, era algo inusual y por eso causó mucha consternación.

A Francisco de Paula Muñoz, como funcionario judicial, le tocó investigar el múltiple asesinato. Pero como periodista se dedicó también a tomar notas y a entrevistar a los acusados y a los testigos y escribió su famoso libro “El crimen de Aguacatal” a medida que iba descubriendo los incidentes particulares del crimen. El libro se publicó en 1875 en la entonces recién inaugurada Imprenta del Estado Soberano de Antioquia y desde esa fecha no había vuelto a aparecer impreso. Sólo quedaban rastros de él en la tradición oral de los antioqueños.

La misma historia del hallazgo del libro es digna de ser contada. Resulta que además de la edición de la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto, también apareció una en la celda de Pablo Escobar, en la cárcel de La Catedral, en Envigado. Él lo estaba leyendo antes de fugarse de la prisión, pues según varios genealogistas que han estudiado los troncos familiares de su familia en Antioquia, Escobar era descendiente de algunos de los hombres que cometieron ese crimen. Al principio, el principal sospechoso se llamaba Daniel Escovar, quien resultó ser el autor intelectual y uno de los actores materiales del horroroso crimen. La diferencia en la ortografía de los dos apellidos se debe a la vergüenza que sentían los descendientes del hachero.

Al año siguiente me dediqué a estudiar ese libro. Después de terminar mi investigación, llegué a la conclusión de que “El crimen de Aguacatal” funda en Colombia el género del reportaje, en un momento temprano en el que ni siquiera existía esa palabra en las redacciones de los periódicos. El libro de Muñoz —del cual se han publicado dos ediciones póstumas en los últimos años— se lee como si fuera una novela, pero es una novela como la de Truman Capote, una novela de no ficción, una historia de la vida real donde todo es verdadero y comprobable como dice García Márquez definiendo al reportaje.


3. El reportaje, de la antigüedad a la modernidad

¿Por qué el reportaje primero recibió el nombre de crónica? Porque la crónica fue el primer relato que usaron los historiadores, los viajeros, los enviados especiales, los corresponsales de guerra. También fue empleada la crónica por los sabios persas cuando se dedicaron a formar escribas dedicados solo al arte de escribir. Todo esto sucedió en el valle de Summer situado en el antiguo territorio persa, hoy ocupado por los estados de Irán e Irak. Esas tablillas de arcilla relataron la guerra entre las ciudades de Lagash y Umma, hacia el año 2.400 antes de nuestra era. En esos tiempos no había periodistas, pero los cronistas y escribas persas hicieron lo mismo que haría hoy un corresponsal de guerra. Casi todas estas tablillas, patrimonio de la humanidad, fueron saqueadas del Museo Nacional de Bagdad durante la última invasión norteamericana acaudillada por el presidente George Bush y todos los desalmados halcones que lo acompañaron, señores de la guerra y grandes capitalistas de la máquina militar estadounidense.

El reportaje, desde los persas y los griegos, cuando aún no existían periódicos, ha sido el género dedicado a retratar todas estas grandes tragedias humanas. Con razón Jean Paul Sartre dijo, a comienzos de los años sesenta, que el reportaje se convertiría en una de las formas más altas de la literatura en el mundo.

Se ha discutido mucho acerca de cuál fue el primer reportaje de la historia. El honor se lo disputan los escribanos persas que relataron la guerra de Lagash y Umma, pero también Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Plutarco y otros grandes cronistas e historiadores griegos y romanos. De todos ellos uno de los que más se parece a los reporteros modernos es Jenofonte, el autor de Anábasis, quien participó en la expedición de los 13.000 mercenarios griegos que invadieron a Persia para ayudar a Ciro el Joven en su lucha por el trono contra su hermano Artajerjes. La expedición fue derrotada y Jenofonte relató, como pocos grandes cronistas, la retirada de los 7.000 sobrevivientes griegos. Cuentan que los jefes militares griegos le suministraron a Jenofonte tinta, papiros suficientes y un elefante para que pudiera mirar las batallas desde lo alto.

Los occidentales somos pretenciosos y consideramos que inventamos todo. Los griegos aprendieron a contar esta historia usando el alfabeto que les enseñaron los fenicios. Después el Imperio Griego se hundió y los turcos invadieron a Europa. Se ha considerado que los turcos y los árabes son pueblos bárbaros y gran parte de la obra de Aristóteles, Jenofonte y otros grandes escritores y filósofos griegos fueron conservadas por estos “bárbaros”, que además de los grandes poetas sufíes, tuvieron matemáticos y filósofos de la talla de Averroes. Sin ellos Occidente no conocería hoy obras tan trascendentales como la “Poética” de Aristóteles.

Con la invasión Árabe a España, algunas de las primeras traducciones de la obra de Aristóteles y de otros grandes escritores griegos se hicieron en la península Ibérica. Por eso Occidente no perdió esos tesoros culturales.


4. El problema del método en el reportaje

Volvamos al comienzo de esta historia: la historia del reportaje en Colombia. Los periodistas, aunque dicen que somos trabajadores intelectuales, empleamos muchos métodos para acercarnos a la realidad, pero en últimas lo que nos importa son los resultados. Nos importan más bien poco los discursos y las reflexiones teóricas estériles. Somos demasiado pragmáticos.

El periodismo, a pesar de que no es una ciencia, es una disciplina en la cual hay un punto de encuentro entre varios métodos, algunos de ellos científicos. Es más, yo me atrevo a decir —me perdonan los especialistas— que el periodismo ha sido pionero en algunos métodos, como el etnográfico, que luego se han ido aplicando poco a poco en las ciencias sociales.

Son métodos de aproximación a la realidad que han practicado en forma intuitiva, yo diría hasta “salvaje”, los artistas de muchas épocas, pero especialmente los novelistas como Daniel Defoe, Balzac, Dickens, Dostoyevski, Emilio Zolá. Y hasta algunos pintores lúcidos y extraños como Leonardo Da Vinci y Vincent Van Gogh. Son métodos muy cercanos a los que tenían los cronistas viajeros, los periodistas y los novelistas de los siglos XVII, XVIII y XIX para contar la realidad.

El fundador de esos métodos en el periodismo es Daniel Defoe, el gran narrador y novelista inglés, creador de los periódicos modernos. Defoe escribió uno de los primeros grandes reportajes de la historia, “La Memoria del Año de la Peste”, en 1722. También creó, en un periódico que se llamaba The Review, toda una escuela de periodismo nuevo de donde se deriva luego el estilo del periodismo contemporáneo, sobre todo en lengua inglesa. La novedad que introdujo Defoe fue separar las opiniones y los comentarios de las noticias y de la publicidad.

Por eso puede afirmarse sin miedo a equivocaciones que el periodismo usa métodos que provienen del arte, métodos que provienen de la historia. Por ejemplo, en la llamada escuela de Historia Contemporánea de las últimas décadas se trabaja mucho en algunos países con la historia oral, un método inventado por los periodistas del siglo XIX. También hay una escuela nueva en la historia del siglo XX que ha sido llamada la “Nueva Historia”. Los investigadores de esta tendencia trabajan con métodos similares a los de los periodistas contemporáneos.

Las grandes biografías que se están publicando hoy también han sido escritas en buena parte por periodistas que emplean métodos desarrollados por gente de la misma profesión a lo largo de las últimas décadas. Hoy la historia, especialmente la llamada Microhistoria, se los ha apropiado.

Un ejemplo brillante son las biografías escritas por periodistas sobre expresidentes tan polémicos como Lindon B. Johnson, John F. Kennedy y otras figuras públicas de Estados Unidos, como el urbanista Robert Moses. Uno de esos periodistas, Robert Caro, se dedicó durante veinte años a estudiar la vida de Moses, el zar de planeación municipal de Estados Unidos, que cambió la faz de Nueva York. Caro abandonó las salas de redacción para dedicarse a la investigación histórica con el espíritu del periodismo investigativo. Se retiró del periódico Newsday a mediados de los setenta, cansado por la mediocridad inducida por las horas de cierre del periodismo tradicional, y se dedicó al análisis exhaustivo de las vidas de personajes con poder político ilimitado. Caro descubrió que Moses no era ningún benefactor de la humanidad sino que se había enriquecido con las obras públicas ejecutadas, que le permitieron valorizar en miles de millones de dólares muchas de sus propiedades inmobiliarias.

En el caso colombiano, tal vez el mejor ejemplo de este método es la excelente biografía publicada recientemente por el periodista Gerardo Reyes sobre el industrial Julio Mario Santo Domingo, titulada “Don Julio Mario”.

Yo diría, recordando al gran periodista e historiador inglés Paul Johnson, que la única diferencia que existe hoy entre el periodista investigativo que escribe grandes reportajes y el historiador es que el periodista va en la proa del barco mirando cómo el casco rompe las olas del mar; en cambio el historiador va en la popa de la misma embarcación, mirando la estela que dejan las olas en el agua.

También me he dado cuenta que la antropología moderna está usando métodos que empleaba el periodismo desde los siglos XVII y XVIII, especialmente, el llamado método etnográfico.

El método etnográfico se puede comparar casi textualmente con el trabajo que hace un reportero, entre otras cosas porque tiene como finalidad la escritura. Cuando Bronislaw Malinosky viajó a las Islas de Papúa y Nueva Guinea y empezó a observar a los aborígenes de la región, a participar de sus rituales y a escribir sus primeros textos etnográficos, estaba haciendo, nada más ni nada menos, lo que han hecho muchos periodistas a lo largo de la historia de este oficio, sobre todo en Occidente.

Sin embargo, los etnógrafos son mucho más sistemáticos que los periodistas en sus averiguaciones y en su trabajo de observación de la realidad. En cambio, el reportero es, digamos, más salvaje, pero a cambio actúa con intuición. Va a la realidad con el corazón abierto, como decía el inolvidable profesor de John Reed, Charles Copeland, y a veces sin mucho método científico logra aproximaciones a la realidad, a mí modo de ver, únicas y completamente verdaderas que sirven de documentación para los historiadores que llegan luego a trabajar sobre los mismos acontecimientos. Y a veces los periodistas escriben historias más profundas que las de los mismos antropólogos, sociólogos o historiadores, como ocurrió en el caso de Reed y su libro “Diez días que estremecieron al mundo”, sobre la revolución Bolchevique en Rusia.

También en el campo del método, existe otra aproximación bien interesante que se ha puesto de moda a partir de ciertos trabajos como los de Oscar Lewis y otra serie de autores que se mueven entre la antropología y la sociología. Estoy hablando del libro “Los Hijos de Sánchez”, un texto ya convertido en clásico de la antropología moderna. Ese libro se lee como si fuera un gran reportaje sobre la pobreza en Ciudad de México.

Lo que sucede, sin embargo, es que los reportajes son mejor narrados que casi todos los libros de sociología, de historia y hasta de antropología. ¿Por qué? Porque el estilo del reportaje es como el de un cuento o una novela, pero sin tergiversar en absoluto la realidad. El objetivo tanto de la historia de vida como del método etnográfico es obtener registros sistemáticos sobre campos de la actividad humana. El reportaje hace lo mismo pero sin aburrir. El reportaje ordena todo narrativamente, como la vida misma. Por eso es más agradable de leer, más efectivo en sus resultados narrativos, porque así percibimos la vida, como una historia. Sería y ha sido en la historia del periodismo y la antropología una gran combinación el trabajo de un antropólogo y el de un periodista narrador dedicado a escribir reportajes. De hecho esta combinación ya ha dado lugar a algunas obras bastante interesantes de la antropología contemporánea.

El año pasado yo mismo ensayé ese método. Con una antropóloga de la Universidad de Antioquia —la investigadora Sandra Turbay—nos propusimos recuperar una historia oral, el relato de la vida de un indígena que era aprendiz de Jaibaná, es decir, el chamán de los embera. Cuando íbamos a empezar a escribir el libro tuvimos una discusión donde nos preguntábamos cómo escribir esa historia.

Ella quería hacerle un marco teórico. Yo le dije que a los periodistas no nos permiten hacer marcos teóricos porque ahí, en el comienzo mismo del relato, perdemos a casi todos los lectores. Le propuse que, simplemente, le diéramos la voz al indígena. Si tan pocas veces el resto de los colombianos los escuchamos ¿por qué no darle a él la voz de su propio relato?

Y decidimos escribir la narración con sus palabras, con sus historias. Luego pusimos a hablar a sus padres, a sus hermanos, a sus maestros chamanes, y así fuimos reconstruyendo y contando toda su vida. La segunda parte del libro la dedicamos a los mitos indígenas que él mismo nos contaba, con sus propias palabras. La primera, la empleamos en relatar la historia de su largo y doloroso aprendizaje del chamanismo embera.

Puede que el resultado final —un libro titulado “Janyama. Un aprendiz de jaibaná”— no aporte nada al desarrollo del método antropológico, pero yo creo que va a aportar mucho a la historia de la dicotomía del indígena que es educado en sus valores tradicionales y que a la vez es forzado a aprender y a practicar rituales que no entiende, como los de la religión católica. Y también va a aclarar muchos puntos oscuros del papel y el oficio del jaibaná en estas tribus.

En resumen, los periodistas trabajamos con un método pragmático parecido al de ese dirigente chino que fue tan criticado por su enfrentamiento con Mao Tse-Tung, del cual ya muy pocos se acuerdan. Estoy hablando de Teng Hsiao-ping. Él decía: “Que importa que el gato sea blanco o negro con tal que cace ratones”. Yo no sé si desde el punto de vista del Marxismo llamado científico será correcta esa teoría, pero China no se ha hundido ni disuelto como la Unión Soviética se hundió, gracias en buena parte a esa máxima de Ten Hsiao-ping y al pragmatismo de los dirigentes que lo sucedieron.

Literatura de urgencia
El reportaje en Colombia: una mirada hacia nosotros mismos

(Segunda parte)


Por Juan José Hoyos Naranjo
Profesor Titular de periodismo de la Facultad de Comunicaciones
de la Universidad de Antioquia

5. El nacimiento del reportaje en América y en Colombia.

En la aparición del reportaje en Colombia y en América Latina influyeron en un comienzo los cronistas de Indias y los viajeros españoles, portugueses, árabes, holandeses, alemanes e italianos que vinieron a América para revelar al resto de la humanidad las maravillas del Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón.

Entre ellos merecen mención especial todos los grandes cronistas de la época de la conquista como Fray Bartolomé de las Casas, Fray Pedro Simón, Fray Bernardino de Sahagún, el Inca Garcilazo de la Vega, Francisco López de Gómara , Bernal Díaz del Castillo, Antonio de Pigaffeta y hasta el mismo Colón con sus diarios. También, los demás viajeros, entre ellos especialmente los cronistas mayores de Indias que tenían la obligación de contar al Rey en sus llamadas “relaciones” todo lo que sucedía en los nuevos territorios americanos conquistados por España y Portugal.

Como en América, en la época de la conquista y la colonia, estaban prohibidas las novelas y las obras de ficción, no se desarrolló el estilo narrativo indispensable para que se configurara el género del reportaje. Esa es la razón por la que los precursores del reportaje en América y en Colombia fueron los cronistas.

Como uno de esos pioneros del género en Colombia yo catalogaría a Juan Rodríguez Freyle, el autor de “El Carnero”, porque fue el primer cronista que se preocupó por historiar todo lo que nos sucedió a la llegada de los españoles a América. Freyle, en 1640, sin que aquí existieran periódicos, escribió esos relatos y si no existiera su obra, no habríamos sabido muchas cosas de la conquista, de las primeras avanzadas españolas sobre la costa caribe y luego sobre el altiplano de Cundinamarca y Boyacá.

Hay otro señor, llamado José Antonio —“El cojo”— Benítez, quien era escribano en Medellín, y del cual no se tenía noticia hasta hace algunos años, pero se encontró un libro suyo, que se llama “El Carnero de Medellín”, de 1797, donde dice cosas tan precisas de la ciudad como cuántas casas de segundo piso había en Medellín en ese año. El libro es de una minuciosidad notarial. Ese es otro de los antecedentes importantes del reportaje en nuestro país.

También hay algunos periodistas del siglo XIX que se ocuparon de escribir relatos muy importantes y muy modernos. Manuel Ancízar fue uno de ellos. El presidente Tomás Cipriano de Mosquera lo trajo de Venezuela, donde él tenía una imprenta muy moderna. Ancízar viajó a Colombia con todos los maestros tipógrafos que había entrenado en Caracas y fundó en Bogotá la imprenta del periódico El Neogranadino, el mejor de la época en Colombia. Cuando Mosquera y otro grupo de liberales de la revolución de 1850 quisieron emprender el proyecto de la Comisión Corográfica, nombraron a Manuel Ancízar como secretario de la misma. A él le tocó, entonces, salir a lomo de mula a recorrer todo el oriente del país y escribió un relato que hoy se podría leer perfectamente como un reportaje. Se llama “La peregrinación de Alpha” y es un relato escueto de todo lo que le va pasando a él en esa excursión por el oriente del país. Una de las historias que más me llamó la atención fue la descripción de la zona de Muzo, que tiene descripciones de los espantos que aparecen en esa zona, pero también de las primeras minas de esmeraldas que empezaron a cavar allá. Ancízar habla, pues, de las fantasías de la gente como lo haría un antropólogo, un etnógrafo, pero también habla como un periodista de la vida concreta, real, de lo que se sostiene la gente, de los mineros que están empezando a cavar y a sacar esmeraldas y carbón.

Otro relato fundacional en el género del reportaje en nuestro país es el de Medardo Rivas, “Los trabajadores de tierra caliente”. La peregrinación de Rivas por tierras tabacaleras fue de 1850 y se publicó en El Neogranadino, por entregas. “Los Trabajadores de Tierra Caliente” es un relato de un bogotano “cachaco” que baja a las haciendas de las orillas del río Magdalena. Es una especie de diario de viaje y se puede leer hoy como un relato precursor del reportaje.


6. Otros reportajes de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX

Una publicación muy importante del siglo XIX que contribuyó al desarrollo temprano del reportaje en nuestro país fue el Papel Periódico Ilustrado, dirigido por el general Alberto Urdaneta. El 6 de agosto de 1881, en medio de la agitación política causada por las guerras civiles y los enfrentamientos entre el partido conservador y el radicalismo liberal, apareció en Santafé de Bogotá esta excepcional gazeta que rompió con todos los moldes estilísticos y gráficos de la prensa panfletaria de la época y que además incluyó nuevos relatos en sus páginas que abolían por completo el estilo panfletario de los periódicos de entonces e implantaban un nuevo estilo: el de la narración.

El Papel Periódico Ilustrado no sólo revolucionó el aspecto gráfico y la presentación tipográfica de los periódicos colombianos. También introdujo, como ya se dijo, una nueva forma de presentar el contenido, al proscribir de sus páginas los panfletos partidistas y acoger como colaboradores habituales a las figuras intelectuales más brillantes de los dos partidos tradicionales: Miguel Antonio Caro, Rufino Cuervo, Salvador Camacho Roldán, José María Samper, Manuel Uribe Angel, Pedro Nel Ospina, José Joaquín Ortiz, Manuel Ancízar, Aníbal Galindo, Medardo Rivas, Vicente Restrepo, Jerónimo Argáez, Carlos Martínez Silva, Felipe Pérez, Rafael Pombo, Marco Fidel Suárez, Jorge Isaacs, Rafael Núñez, para citar sólo unos pocos.

El sentido del periodismo que tenía Alberto Urdaneta puede advertirse desde el primer número de su publicación: el Papel Periódico Ilustrado no tenia filiación política; era un campo neutral a donde no llegaba el eco de las luchas en que desgraciadamente se agitaba nuestra sociedad. En sus páginas se miraba en forma serena lo que acontecía en nuestro país. Allí se rescataron por primera vez los mejores relatos de nuestra revolución de independencia. Gracias a sus dibujantes, en una época en que aún no existía el fotograbado, los colombianos empezamos a conocer las caras de nuestros héroes: Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, José María Córdova, Policapa Salavarritea, José Antonio Galán... Una primicia: por primera vez los lectores de Colombia conocieron la máscara funeraria de su presidente recién muerto: Francisco Javier Saldúa.

Urdaneta escribió en 1881 un texto que se llama “El Día de Difuntos” que también se puede leer como un reportaje. En él, Urdaneta relata cuántos pasos hay que caminar entre la Catedral y el cementerio Central de Bogotá y cuánto se demora un transeúnte: “son 3.130 pasos y algo como tres cuartos de hora, al andar no muy apurado del acompañamiento” dice él. También describe los veintisiete monumentos fúnebres que hay en el cementerio, tallados en mármol, investiga históricamente qué significa la palabra cementerio desde los griegos y los egipcios hasta los chibchas, dice cuánto se ganan los celadores y los enterradores del cementerio y lo último que hace es una cosa impresionantemente loca, me parece a mí, apunta los nombres de todas las lápidas que hay en el cementerio y pide perdón si de pronto omitió algún nombre. Todo eso lo hizo en memoria de su esposa muerta, quien estaba enterrada en ese cementerio. Ese relato no es una crónica, porque no está contaminado por los comentarios. Es un reportaje. Uno de los primeros reportajes publicados en la prensa de nuestro país.

El periódico El Telegrama también hizo algo muy importante. Una de las obras literarias y periodísticas más importantes del siglo XIX se gestó porque este periódico convenció a un escritor llamado José María Cordovez Moure de que escribiera varios relatos sobre cosas que él sabía de las guerras civiles, de las costumbres de la gente, de la vida cotidiana y de los personajes populares de Santafé de Bogotá. Cordovez Moure recogió esos relatos de la tradición oral y de la gente que había conocido, cuando él ya era un hombre maduro. En esos relatos, por supuesto, escribió muchas crónicas, pero también —sin saberlo— hizo algunos de los primeros reportajes de nuestra prensa, como los perfiles de los bandidos que entonces azotaban el territorio de la región oriental de Colombia, entre Cundinamarca y Santander. Los de Cordovez Moure, pues, son relatos que nos sirven para comprender ese fenómeno del bandolerismo colombiano, que empezó en la época de la colonia y se ha prolongado hasta el siglo XXI, lo cual quiere decir que hace parte de nuestra idiosincrasia nacional.

En distintas partes del país también hubo periodistas que asistieron a las ejecuciones de prisioneros cuando aún existía la pena de muerte legal en Colombia (ahora existe la ilegal). En los periódicos de la época, pero sobre todo en los de Antioquia, hay muchos relatos sobre ajusticiamientos y fusilamientos. Entre ellos se destacan uno de Samuel Velilla que se titula “El Ajusticiado”, publicado en 1893, y otro que se llama “Crimen, capilla y ejecución de Tamayo”, escrito por un periodista antioqueño llamado Enrique Gaviria Isaza, y publicado en 1902. Ambos son unos documentos impresionantes.


7. El reportaje en Colombia en el Siglo XX

Yo diría que en el siglo XX el primer gran reportaje es “Secretos del Panóptico”, del abogado y escritor Adolfo León Gómez. Este fue publicado en 1905 en Bogotá, en la imprenta de Medardo Rivas y es una especie de diario sobre la vida en esa cárcel bogotana donde él estuvo preso acusado de escribir unos versos contra la Policía Secreta del gobierno en 1885. Después, como tantos otros dirigentes liberales, fue encarcelado sin motivo en varias oportunidades. En esa época, el Panóptico estaba lleno de dirigentes e intelectuales liberales apresados por el gobierno del presidente José Manuel Marroquín.

Otro gran reportaje de comienzos del siglo —como ya lo había dicho— es “El 10 de febrero”, un libro sobre el atentado contra el general Rafael Reyes, entonces presidente de Colombia, que fue publicado sin firma. En 1906, tres hombres armados y montando a caballo atentaron contra la vida del general Reyes en las afueras de Bogotá. Le vaciaron todas las pistolas a un carro tirado por caballos en el que él iba con su hija. El carro lo dejaron atravesado por las balas por todas partes, pero al general Reyes no le pasó nada. Fue algo muy raro. A su hija le cruzaron el chal con un tiro. El chal quedó roto pero a ella tampoco le pasó nada.

El general se devolvió a rezar a la catedral, porque consideró que su salvación había sido un milagro, y luego se dedicó a perseguir a los asesinos y se encontró que éstos eran gente de su propio partido, el conservador, que se había dividido porque él le había dado participación en el gobierno a los liberales de la corriente del general Rafael Uribe Uribe, derrotados de la guerra civil de los Mil Días.

Reyes contrató un periodista —algunos creen que es Alberto Calderón, pero él lo negó—
para que siguiera todo el proceso judicial de los implicados en el intento de asesinato hasta que los ejecutaran. El fusilamiento se llevó a cabo en el mismo lugar del atentado. Los cadáveres fueron retratados, se levantaron mapas de los sitios donde ocurrieron los hechos, y el día de la conmemoración del atentado se publicó el libro. Al parecer, el general Reyes también “metió la mano” en el libro, pues hay muchos apartes de su diario personal incluidos en el relato.

De ahí en adelante habría que señalar otros grandes pioneros del reportaje en Colombia. Uno de ellos es el poeta Miguel Ángel Osorio, más conocido como Porfirio Barba Jacob. Su obra periodística ha sido poco difundida en nuestro país. Él abandonó Antioquia, su región, desde muy joven, y —como cuenta Fernando Vallejo en su hermosa biografía del poeta titulada “El Mensajero”— se dedicó a ganarse la vida en periódicos de Centro América, Cuba y México, en donde fundó algunos diarios que todavía existen en ciudades como Monterrey y Ciudad de México. Como reportero errante por Centro América, Barba Jacob fue testigo de excepción de acontecimientos tan importantes como la toma de Cuidad de México por los ejércitos de Pancho Villa, Venustiano Carranza y Emiliano Zapata, en los días que los historiadores llamaron luego “la decena trágica”. Como reportero avezado, Barba Jacob escribió en 1912 “El combate de la Ciudadela visto por un extranjero”, uno de los mejores reportajes sobre la revolución mexicana que paradójicamente aún no se conoce en Colombia. Luego, en San Salvador, en 1917, escribió “El terremoto de San Salvador”. Esa novela que también es un reportaje la dictó a un linotipista en las instalaciones ya casi derruidas del diario donde trabajaba, mientras todavía temblaba la tierra y el volcán que había ocasionado el terremoto todavía vomitaba llamas.

Uno de los trabajos memorables escritos entre 1910 y 1920 fue el de un periodista que además era médico, llamado Luis Zea Uribe. Cuando dos artesanos borrachos atacaron al General Uribe Uribe en las escalas del Capitolio Nacional y le destrozaron el cráneo a punta de hachazos, Luis Zea Uribe fue llamado de urgencia a la casa del General. Desde la tarde hasta al amanecer estuvo al pie de su lecho y escribió –siendo médico y periodista de El Liberal– uno de los más bellos relatos del periodismo colombiano: “Los últimos momentos del General Uribe”. Por su calidad de médico, el relato está salpicado de observaciones médicas, pero de principio a fin es uno de los más grandes reportajes que se han escrito en Colombia.

La modernidad en el periodismo colombiano nos llegó un poco tarde. Estamos hablando del año 1916, cuando Miguel Santiago Valencia y Abelardo Arboleda sorprendieron a los lectores colombianos con una revista gráfica de gran calidad que, con el tiempo, fue definitiva en el desarrollo del periodismo moderno en Colombia. La revista comenzó a circular con el nombre de Cromos el 15 de enero de 1916. En esa época no era una revista de peluquería ni de consultorio médico, sino una gran revista literaria y periodística dedicada a registrar la actualidad del mundo y de Colombia con los mejores escritores colombianos y extranjeros de la época.

Hasta esa fecha, la única revista de esa clase que había logrado mantenerse en circulación, desde 1910, era El Gráfico, pero su formato y su contenido distaban mucho del estilo moderno y de alta calidad periodística que impuso Cromos desde el primer número.

Entre muchos grandes periodistas que colaboraron con esta revista están Guillermo Pérez Sarmiento, corresponsal en Nueva York; Eduardo Castillo, José Antonio Osorio Lizarazo, Miguel Santiago Valencia, Carlos Villafañe, Coriolano Leudo, Alberto Sánchez —el célebre Doctor Mirabel—, Guillermo Manrique Teherán, Jorge Mateos y Julio César Rodríguez, entre otros. A partir de 1919, la dirección quedó en manos de Luis Tamayo. Con él, llegaron a las páginas de Cromos nuevos colaboradores como Tomás Rueda Vargas, Cornelio Hispano y Guillermo Pérez Sarmiento.

En la década que comenzó en 1920, la revista reunió en sus páginas a los mejores periodistas jóvenes de Colombia. Ello provocó una explosión de excelente periodismo. Los nuevos colaboradores gozaron de absoluta libertad para experimentar. De este modo se introdujeron casi todos los géneros del periodismo moderno, desde la entrevista ligera al modo francés de la “interviú”, hasta el reportaje.

Al mismo tiempo se continuaron publicando excelentes crónicas de nuevos y viejos escritores como Luis Tejada, Germán Arciniegas, Carlos Villafañe, Eduardo Castillo, Agustín y Luis Eduardo Nieto Caballero y Alberto Sánchez. Varios de ellos fueron conocidos luego con el nombre de la generación de “Los Nuevos”, por oposición a la vieja generación del “Centenario”, integrada por poetas, periodistas e intelectuales de fines del siglo XIX.

Durante esta década, los autores más destacados en el campo de la entrevista y el reportaje fueron Guillermo Pérez Sarmiento, Luis Enrique Osorio, Eduardo Castillo, Luis Carlos Sepúlveda y José Antonio Osorio Lizarazo.

En el campo de la crónica, Luis Tejada fue una de las figuras claves de esta generación de transición de la cual también hicieron parte los poetas Luis Vidales, Rafael Maya, Germán Pardo García y León de Greiff, el caricaturista Ricardo Rendón, y los periodistas Alejandro Vallejo, Alberto Lleras y Germán Arciniegas.

Aunque no escribió casi ningún reportaje, Tejada despojó a la crónica de la retórica heredada del siglo XIX. Su pluma aguda, precisa y veloz alivió a la prosa narrativa de los periódicos de la pesada carga del pasado que todavía soportaban sobre sus hombros los poetas y periodistas de la generación del Centenario.

Junto con el caricaturista Rendón, Tejada y “Los Nuevos” provocaron la mayor revolución en el estilo ocurrida en el periodismo de Colombia durante el siglo XX. Esa revolución significó la implantación definitiva del estilo informativo y la adopción de la primera página noticiosa en casi todos los diarios del país. También significó la consolidación de géneros nuevos, como la entrevista y el reportaje, que antes de la década se habían dado en forma esporádica, y la difusión de un nuevo estilo de crónica moderna, de corte francés, que también alimentó con su estilo narrativo al reportaje y a la entrevista.

Algunos de los cultores de esta crónica moderna, como Carlos Villafañe, Joaquín Quijano Mantilla y el propio Tejada, escribieron muy pocos reportajes. Pero su estilo marcó a los reporteros que se vieron obligados a inventar una nueva forma de narrar que captara todos los matices del nuevo país que empezaba a salir de su letargo decimonónico y de sus guerras civiles, por los años veinte.

Los cambios en el estilo de la prensa en los años veinte son el reflejo que aparece en la superficie de cambios aun más profundos en la economía, las costumbres, la política y la cultura del país. La década empezó con una transformación silenciosa en casi todos los campos de la vida nacional. El siglo XIX y sus costumbres quedaron atrás en forma definitiva. A todo lo ancho y a todo lo largo de Colombia se construían puentes, carreteras, ferrocarriles, fábricas. La navegación por el río Magdalena lograba unir zonas del país que hasta entonces habían permanecido aisladas. Se consolidaban las exportaciones de café y Colombia entraba de lleno en el siglo XX.

La década de 1930 a 1940 fue una época oscura para el reportaje colombiano, tal vez con la única excepción de los relatos casi anónimos que envió desde el Paraguay alguien que firmaba con el pseudónimo de “El cabo Pérez”, quien peleó en la guerra del Chaco, y el hermoso reportaje de Juan Lozano sobre la batalla de Güepí.

Además, como un caso extraño en el periodismo colombiano, el reportero Antolín Díaz Ramos se fue a convivir con las tropas colombianas que estaban luchando contra los invasores peruanos. Su relato no es muy brillante, porque no hubo muchos combates como los colombianos nos imaginábamos, pero nadie como él narró la miseria de los soldados colombianos, que sólo esperaban los combates que no llegaban y para quienes la única compañía que tenían eran las putas y los zancudos que llegaban a los campamentos.

Hubo un momento brillante en esta década para la historia del reportaje: la fundación de la revista Estampa. En ella participaron algunos de los más brillantes intelectuales colombianos. Entre ellos, José Umaña Bernal, uno de los periodistas que mejor ha definido a Bogotá: “esta es una gran ciudad para quedarse en la cama todo el día, ver llover y leer los poemas de José Asunción Silva”.

La década del cuarenta tiene varios nombres grandes en el reportaje colombiano. Por supuesto, hay que hablar de Alberto Lleras Camargo, un gran escritor extraviado en la política, fundador de la revista Semana; también hay que mencionar a Álvaro Pachón de la Torres, compañero de Lleras en algunas de sus aventuras periodísticas y director del Magazín Dominical de El Espectador junto con Guillermo Cano; hay que hablar de Plinio Mendoza Neira, fundador de la revista Sábado, donde se publicaron algunos de los mejores reportajes de la época. Pero, sobre todo, hay que hablar de uno de los más grandes reporteros judiciales que ha dado la historia de Colombia: José Joaquín Jiménez, quien firmaba “Ximénez”.

Ximénez no sólo fue cronista judicial, sino que también recorrió el país como enviado especial, cubriendo huelgas y escribiendo sobre regiones apartadas de Colombia.

Después apareció la brillante generación de los años cincuenta compuesta por Álvaro Pachón de la Torre, Guillermo Cano, Germán Pinzón, Leopoldo Pinzón, Marco Tulio Rodríguez y muchos más. Finalmente apareció la última gran generación de escritores de reportajes: Álvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Juan Gossaín, Germán Castro Caycedo y Gonzalo Arango. Pero no nos olvidemos que todos ellos vienen de esta historia. Los unos han optado más por el periodismo, “un oficio vil de escritorzuelos” como lo llamaba José Joaquín Jiménez. Pero al fin y al cabo todos grandes.


8. Los estudios históricos sobre el periodismo en Colombia

El estado de los estudios históricos sobre periodismo en nuestro país es muy precario. Es casi lamentable. En primer lugar, por vivir preocupados por el presente, los periodistas no hemos tenido tiempo de mirar nuestro pasado.

Ha habido muy pocos reporteros y muy pocos historiadores dedicados a los estudios históricos sobre el periodismo, a pesar de que ambos profesionales utilizan la prensa como fuente de información.

Yo sacaría en limpio el estudio de Gustavo Otero Muñoz a comienzos del siglo XX, apoyado por ese proyecto cultural tan bello que fue la Biblioteca Aldeana de Colombia, con la cual pretendió el gobierno liberal de Alfonso López Pumarejo popularizar una serie de obras fundamentales para conocer los problemas, la cultura y la historia de Colombia.

Después de ese libro tenemos que esperar unos cincuenta años para que aparezca otro, que es muy valioso como inventario de periódicos, pero que no profundiza en la historia del periodismo. Se llama “Historia del Periodismo Colombiano” de Antonio Cacua Prada. Estos dos libros son los más conocidos entre los investigadores dedicados al estudio de la historia de la prensa en Colombia.

Luego han aparecido algunos trabajos, como los de Germán Colmenares –“Partidos políticos y clases sociales en Colombia”, donde toma la prensa como fuente para estudiar el surgimiento de los partidos políticos en el siglo XIX, y su famoso libro sobre el caricaturista Ricardo Rendón—. También hay algunos trabajos de alumnos de él sobre la prensa colonial, sobre todo, del período anterior a la independencia. Pero en general podría decirse que en Colombia hemos estudiado muy poco la historia de la prensa en nuestro país.

Hay un artículo reciente, para los que quieran dedicarse a estudiar el tema, de Alfonso Forero Gutiérrez, titulado “Historia del Periodismo en Colombia. Estado de la Cuestión” que fue publicado por la Universidad de la Sabana en el año 2001; hay otro libro de José Manuel Jaimes que se llama “Historia del Periodismo Político en Colombia”; hay una antología de Estella Malagón Gutiérrez que se llama “Dos siglos del Periodismo en Colombia”, la cual editó el Senado de la República, pero es demasiado panorámica y no profundiza en ningún período histórico concreto; hay una revista de la Biblioteca Nacional llamada Senderos, que se dedicó a la prensa del siglo XIX y que, sobre todo, tiene un ensayo muy importante de Enrique Santos Molano sobre los principales periódicos de este siglo.

Otra parte de la bibliografía corresponde a los estudios regionales. De éstos, el más importante es el de María Cristina Arango de Tobón, todavía inédito, sobre el periodismo en Antioquia. En Barranquilla se publicó un libro titulado “Prensa, desarrollo urbano y política en Barranquilla 1880-1930”.

Barranquilla fue muy importante en la modernización del periodismo colombiano, especialmente en el siglo XX. Todos los libros nuevos de Europa llegaban al país por allí. Los intelectuales de Barranquilla eran los primeros que los leían y los periodistas los primeros que los reseñaban.

Así mismo, las grandes personalidades intelectuales que visitaban a nuestro país llegaban a Barranquilla y de ahí emprendían viaje hacía las ciudades del interior. Hay, por ejemplo, una foto muy bella de José Antonio Osorio Lizarazo junto con varios intelectuales de Barranquilla cuando vino de México a Colombia el escritor y dirigente político José Vasconcelos.

De Barranquilla me ha llamado la atención un periódico que se llamaba La Prensa, en el cual trabajaron José Antonio Osorio Lizarazo, Porfirio Barba Jacob y el cronista bogotano Felipe González Toledo, quien estuvo allí durante una temporada angustiosa de su vida. Me gustaría saber si, a pesar de la humedad, del clima, de las plagas, del comején, quedan en las hemerotecas de la costa atlántica ejemplares de ese periódico.

Con excepción de algunas universidades —entre ellas la Universidad de Antioquia—, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca Luis Ángel Arango, lo mismo que algunas instituciones privadas, como la Fundación Antioqueña de Estudios Sociales —FAES— y la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, casi nadie en nuestro país está cuidando este patrimonio invaluable para conocer nuestro pasado. Los mismos periódicos han tenido que hacer ingentes esfuerzos en las últimas décadas para restaurar sus deterioradas e incompletas colecciones, muchas de ellas saqueadas o incendiadas durante la violencia política de los años cincuenta.

Y no hablemos de los historiadores que dizque “luchan por conservar el patrimonio de nuestro país” y llegan a las bibliotecas a mutilar documentos. Por ejemplo, el expediente del famoso “Crimen del Aguacatal” no sólo fue mutilado sino que desapareció en forma misteriosa del Archivo Histórico de Antioquia.


9. Conclusiones

Ésta no es una historia exhaustiva. Siempre la realidad es más compleja que la capacidad de las palabras para describirla. Las limitaciones de las palabras se muestran de modo más evidente cuando se trata de abarcar periodos largos de la historia.

Rastrear la historia del reportaje en Colombia a lo largo de más de un siglo es una labor que demanda años de búsqueda y de trabajo en las pocas hemerotecas de nuestro país que han logrado conservar colecciones importantes de los periódicos de los siglos XIX y XX.

En la historia del nacimiento y el desarrollo del reportaje en Colombia hay muchos más autores, más revistas y más periódicos de los que se han mencionado en estas páginas.

Creo que al hablar de ellos he demostrado que la aparición del reportaje es temprana en nuestro país, y que en su nacimiento y en su desarrollo han estado involucrados muchos escritores que han trabajado como reporteros en diarios y revistas colombianos.

También he tratado de probar con hechos históricos que en Colombia el periodismo ha sido influido de manera honda por la literatura y que han sido casi siempre escritores o reporteros con formación literaria los que han inventado y transformado las nuevas formas de narrar del periodismo.

Este hecho lo comprueba sobre todo el caso del reportaje: en su aparición y en su desarrollo a lo largo del siglo XX han influido en diversas épocas los escritores y la literatura, y sobre todo sus formas de narrar la realidad, aprendidas de la novela y el cuento realistas de los siglos XVIII y XIX.

Casi todos los grandes escritores de prosa narrativa en Colombia se han formado en el periodismo. El estilo de muchos de ellos tiene sus raíces en el periodismo. Estilos narrativos de escritores como José Antonio Osorio Lizarazo, Gabriel García Márquez, Alvaro Cepeda, Manuel Mejía Vallejo, Héctor Rojas Herazo, Gonzalo Arango, Juan Gossaín y Germán Castro Caycedo —para citar unos pocos— no se pueden separar de su estilo periodístico.

En algunos autores, como José Antonio Osorio Lizarazo, Alvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez, la influencia entre periodismo y literatura ha sido de doble vía y el periodismo, a su vez, no sólo ha influido en su obra literaria, sino que ésta también ha transformado de algún modo su forma de hacer periodismo.

Cuando se desciende hasta los detalles más pequeños de esta historia, la búsqueda de autores y reportajes se convierte en un rastreo de escritores desconocidos: “escritorzuelos viles”, como decía José Joaquín Jiménez refiriéndose a él mismo. Y no por su pequeñez, ni su vileza en términos morales, sino por su transitoriedad. Los escritores de reportajes en Colombia, es decir, los reporteros, han sido hombres que han creado su obra en medio de la urgencia de los cierres de edición, en medio de los crímenes y en medio de las guerras civiles, en medio del ruido de los linotipos o las rotativas, en medio de la agitada vida de las redacciones de los periódicos y de la aun más agitada vida del país.

En algunos casos, su obra es un pequeño edificio de palabras destinadas a la edición del periódico o de la revista que circuló un día para después desaparecer, sin dejar ninguna huella.

En otros casos, esos reporteros eran escritores que, al mismo tiempo que consumían sus vidas en la vorágine de los periódicos, trataban de escribir su propia obra literaria. Algunos ensayaron versos. Otros escribieron cuentos y novelas. Otros se dedicaron al teatro. El rasero de los años los igualó a todos en el olvido. Su obra de reporteros desapareció. Los años también arrasaron muchos de sus cuentos y sus novelas.

Luis Carlos Sepúlveda no figura en ninguna antología de poetas publicada en Colombia. Los versos de Porfirio Barba Jacob se salvaron del olvido, pero sus reportajes no aparecen en ninguna de las antologías de periodistas colombianos publicadas hasta hoy. Guillermo Pérez Sarmiento jamás ha sido recordado como cuentista y sus crónicas y reportajes no han sido reunidos en libro alguno. Alejandro Vallejo no aparece en ninguna antología conocida de narradores ni de reporteros. Sólo se le menciona en forma breve en uno que otro libro de historia política, por su cercanía con el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. José Antonio Osorio Lizarazo es hoy un novelista olvidado y sus reportajes y sus crónicas gozan de un olvido más feliz aún. La novela policíaca de Ximénez murió en las páginas de Cromos y sólo una de sus crónicas fue rescatada por Daniel Samper de las páginas ya amarillas de una vieja edición de El Tiempo. Las entrevistas de Eduardo Castillo duermen bajo el polvo en las hemerotecas y sus versos fueron aprendidos de memoria por nuestros padres. La última generación no los conoce. De Luis Vidales se recuerdan sus versos pero no sus crónicas ni sus editoriales. Luis Enrique Osorio abandonó el periodismo y se dedicó al teatro. Luego, se convirtió en empresario y constructor hasta volver realidad su sueño del Teatro de la Comedia. Hoy se han salvado del olvido sólo el teatro y algunas de sus obras dramáticas.

La lista de novelistas colombianos de alto nivel es corta: Jorge Isaacs, Tomás Carrasquilla, José Eustasio Rivera, José Antonio Osorio Lizarazo, Fernando González, Manuel Mejía Vallejo, Héctor Rojas Herazo, Gabriel García Márquez. Pueden faltar unos cuantos nombres más. Pero tenemos una pléyade de escritores que sin escribir novelas y después de haber sido sólo humildes y olvidados reporteros, escribieron la historia más verdadera y más profunda de nuestro país. Hicieron una gran literatura. Pura literatura de urgencia: escribieron reportajes. De esta forma crearon una nueva manera de mirarnos a nosotros mismos.

Para casi todos, con la única excepción de José Eustasio Rivera, el periodismo fue una forma de acercarse a la realidad, porque tanto la literatura como el periodismo tratan de la realidad. En el periodismo, ellos tocaron por primera vez la realidad de nuestro país, exploraron formas nuevas de contar, ensayaron estilos, buscaron su propia voz, se equivocaron, maduraron como escritores, descubrieron su propio mundo narrativo y su propio estilo. Hallaron una historia poderosa y una voz personal. Pasaron casi todos de ser reporteros anónimos y asalariados, a escritores con una voz y una historia propias. En ellos, en sus vidas y en su obra, se produjo la misma metamorfosis de que habla Truman Capote cuando escribió “Se oyen las musas”: hallaron un estilo con el rigor de los hechos, la precisión del reportero y la gran libertad expresiva del escritor. Todos esos son elementos que se conjugan entre sí para dar lugar a ese género híbrido entre periodismo y literatura que es el reportaje.

Tanto en el caso de los reporteros y escritores todavía recordados por su obra literaria, como en el caso de los reporteros olvidados, su obra en último término ha sido literatura. Literatura olvidada e ignorada, en algunos casos.

El buen periodismo narrativo, tanto como las buenas novelas, trata de los hechos. Ambos se sostienen en la poesía de la acción de que hablaba Aristóteles. El lenguaje sin urgencia, sin necesidad, se vuelve sólo ornamento. En cambio, el lenguaje que brota de la urgencia, de la necesidad, y que además de verdadero logra ser bello, desborda el tiempo, lo derrota, y a pesar de que pasen los años y las generaciones, sigue diciendo.

Por eso el reportaje en Colombia ha sido literatura. En él, como en las grandes novelas, los colombianos hemos aprendido de nosotros, de nuestra historia, de un modo total y verdadero, como ocurre siempre con la gran literatura.

En otras palabras: el reportaje es periodismo pero también puede llegar a ser literatura. Los grandes reportajes son literatura. Literatura de la realidad, llena de verdad, de precisión y de belleza. Por lo tanto, prosa narrativa de valor estético que puede llegar a convertirse en arte.

En Colombia, buena parte de la mejor producción literaria de los siglos XIX y XX hay que buscarla en los periódicos. Son reportajes. El reportaje ha dado un testimonio de la vida del país tal vez más vivo y más complejo que la novela. Los mejores reportajes escritos en Colombia durante estos años han sido literatura. Literatura de urgencia. Y también literatura olvidada. Pero en todo caso gran literatura.

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2. DOCUMENTOS:

Andrés Vergara, XIMENEZ. Especialización en Periodismo Investigativo. Facultad de Comunicaciones, Universidad de Antioquia.
Juan Carlos Acevedo, JOSÉ ANTONIO OSORIO LIZARAZO. Especialización en Periodismo Investigativo. Facultad de Comunicaciones, Universidad de Antioquia
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Juan José Hoyos, GERMÁN CASTRO CAYCEDO. TRES DÉCADAS DE PERIODISMO AL PIE DEL CAÑÓN. Prepoyecto de Especialización en Periodismo. Facultad de Comunicaciones. Universidad de Antioquia. Medellín, 1993


3. PERIODICOS:

El Neogranadino (Bogotá)
El Telegrama (Bogotá)
El Correo Nacional (Bogotá)
Papel Periódico Ilusatrado (Bogotá))
El Espectador (Medellín y Bogotá)
El Tiempo (Bogotá)
El Nuevo Tiempo (Bogotá)
El Sol (Medellín)
El Liberal (Bogotá)
El Colombiano (Medellín)

4. REVISTAS:

La Ilustración (Bogotá, 1908)
El Sport (Bogotá, 1898)
Cromos (Bogotá, 1916 a 1970)
Estampa (Bogotá, 1939 a 1948)
El Gráfico (Bogotá, 1910 - 1934 )
Bogotá Ilustrado (Bogotá, 1906)
Semana (Bogotá, 1948)
Sucesos (Bogotá, 1957 a 1962)
Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango (Bogotá)


JUAN JOSÉ HOYOS

Medellín, 1953. Periodista y escritor. Licenciado en Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de Antioquia. Ha sido corresponsal y enviado especial del periódico El Tiempo, de Bogotá. Fue director y editor de la Revista Universidad de Antioquia. Ha publicado las novelas Tuyo es mi corazón (Planeta, 1984) y El cielo que perdimos (Planeta, 1990). También dos libros de reportajes: Sentir que es un soplo la vida (Editorial Universidad de Antioquia, 1994) y El oro y la sangre (Planeta, 1994). Con este último ganó en 1994 el Premio Nacional de Periodismo Germán Arciniegas. Es coautor del libro Janyama. Un aprendiz de jaibaná (Editorial Universidad de Antioquia, 2002). Ha realizado dos investigaciones sobre el reportaje en Colombia. La primera de ellas se titula Periodismo y literatura: el reportaje en Colombia , la cual será publicada por Hombre Nuevo Editores. La segunda es Un pionero del reportaje en Colombia. Francisco de Paula Muñoz y El crimen de Aguacatal, (Hombre Nuevo Editores, 2002). En el 2003 la Editorial Universidad de Antioquia también publicó su libro Escribiendo historias. El arte y el oficio de narrar en el periodismo. En 1987 participó como escritor invitado en el International Writing Program de la Universidad de Iowa (Estados Unidos).Desde 1985 es profesor de periodismo en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia. Trabaja como editor en la colección de periodismo de la Editorial de la misma universidad. También es director de la revista de periodismo Folios editada por la Especialización en Periodismo Investigativo de la Universidad de Antioquia y colaborador del periódico El Colombiano, de Medellín.

 

Mi vida, el periodismo y la literatura

Un viaje en tren: mi vida, el periodismo y la literatura

Juan José Hoyos

Un repaso al lugar que han tenido en mi vida el periodismo y la literatura. Texto de una charla con escritores y periodistas jóvenes de Medellín en un encuentro sobre periodismo y literatura organizado por COMFAMA.

Muy buenos días. Gracias por estar aquí, por asistir a esta conversación sobre un tema que me apasiona y al cual he dedicado mi vida. Gracias también a Comfama por invitarme a conversar con ustedes. Creo que el auditorio formado por ustedes es un auditorio que vale la pena porque ésta no es una conversación académica, como las que a veces tiene uno en la universidad, donde a la mayoría de la gente sólo le importa una calificación... Y yo trato de evadir ese tipo de conversaciones. No es una conversación entre especialistas, tampoco. Creo que es una conversación en el lugar en donde nos podemos encontrar mejor, que es nuestro amor por los libros, nuestro amor por la lectura.

Y de eso les voy a hablar un poco a propósito de este tema del periodismo y la literatura. Voy a tratar de abordar esa historia de los cronistas de la antigüedad y todo el recorrido que ha hecho el periodismo, especialmente el periodismo narrativo hasta hoy, contándolo un poco desde mi experiencia personal.

Yo he titulado estas palabras: “Un viaje en tren: mi vida, el periodismo y la literatura”.

El periodismo y la literatura han marcado mi vida desde hace muchos años. Desde que era un estudiante de bachillerato, han estado frente a mis ojos como los rieles de acero de una carrilera que tiene que llegar a alguna parte. Como un maquinista encargado de llevar una locomotora hasta su destino, no he tenido más opciones que arrancar, avanzar a toda máquina, poner el freno y parar en las estaciones. Pero siempre guiado por los dos rieles. A lo largo de mi vida, ha sido un viaje por el que he atravesado paisajes desconocidos, tierras de nadie... Pero siempre ha sido un viaje feliz.

Voy a hablarles de ese viaje, de esos paisajes, de las preguntas que he tenido que hacerme para llevar la locomotora hasta la última estación.

Entonces empecemos con la primera estación: Los libros. Esta historia, como la de muchas búsquedas, empieza con los libros, quiero decir con el legado de los muertos. En mi caso, fueron los libros que había en mi casa: un diccionario viejo del que ya he contado su historia, un libro ilustrado de “Las mil y una noches”, un ejemplar de “La Divina Comedia” con grabados de Gustave Doré.

Quiero recordar un pasaje de una crónica que escribí contando un poco de esta historia. Es un fragmento de la historia del diccionario. Evocando mi acercamiento a la lectura, dice:

“Es medianoche. La luz amarilla de la lámpara todavía está encendida. Puedo verla desde mi cama por el resplandor que se desprende de la pared de enfrente y atraviesa la cortina de gasa que separa su cuarto del mío. En la casa, todos duermen desde hace rato. Menos él. Menos yo, su hijo. ¿Qué hace? Me levanto sin hacer ruido. Lo miro. La tela blanca de la cortina, con su trama, desdibuja un poco las líneas de su cara, pero aun así, desde la penumbra, mis ojos pueden verlo. Tiene en sus manos un libro. Mi madre yace a su lado, hundida por completo en el sueño. Lo veo pasar las hojas embebido en la tarea de descifrar una tras otra las palabras. Mientras tanto, mi mente de niño se llena de preguntas acerca del misterio que él sostiene en las manos. ¿Qué le dicen, en silencio, esas hojas? ¿Qué historia lee con tanta pasión?
Nunca me atreví a preguntárselo, pero días más tarde él mismo, sin hablar demasiado, comenzó a darme algunas respuestas. Abrió un armario que permanecía cerrado en una esquina del cuarto y sacó varios libros. La mayoría eran muy viejos. Casi todos tenían manchas que los hacían ver como si hubieran sido rescatados del agua en algún naufragio. Mis ojos se detuvieron en el más grande de todos, que también era el más viejo. Había perdido una de las tapas y una que otra hoja porque la tela del lomo se estaba deshaciendo. La única tapa que aún lo protegía tenía un color indefinible, producto de las calamidades de los viajes, de pueblo en pueblo, guardado en las alforjas de las mulas. Mi padre lo puso en mis manos. Casi no puedo sostenerlo. Me dijo que era un diccionario. Su padre era maestro de escuela en un pueblo lejano, y lo había heredado del abuelo. Después de su muerte, el diccionario había pasado a manos de mi padre como única herencia.
Todavía recuerdo el olor a polvo y a humedad que se desprendía de sus hojas cuando yo las repasaba, maravillado, por las tardes, a mi regreso de la escuela. Pasaba horas enteras, tirado en el piso, contemplando los grabados. Era un Larousse ilustrado de comienzos del siglo XX”.

Este diccionario fue, pues, la puerta de entrada mía a los libros. Yo no sabía leer. No sabía qué era leer, pero veía a mi padre, como cuento aquí, todas las noches, leyendo libros, y llegó a mis manos esa herencia única que había dejado mi abuelo.

Después de ese diccionario fueron otros libros. Por ejemplo, los de una biblioteca que recuerdo con un cariño muy especial: la Biblioteca Pública Piloto. Yo saqué carné de lector desde muy niño, alentado sobre todo por las historias que nos contaba un maestro de escuela. Que yo creo que es otra de las figuras hermosas que tenemos en nuestra historia, que nos acercan a los libros. Ese maestro había sido arriero y yo recuerdo que en las clases se ponía a contarnos historias que él había vivido en sus viajes, que le habían contado los campesinos que se encontraba en el camino, en las fondas, y los otros arrieros. Llegaba la hora del recreo y nosotros no queríamos salir del salón.

Después de eso, empezaron a llegar a mi vida algunos libros que también me marcaron, como “Don Quijote de La Mancha”. Después empecé a leer algunos poetas, sobre todo del Siglo de Oro. Recuerdo en especial a San Juan de la Cruz. Y ya, después de leer durante algún tiempo, empecé a encontrar el género que tal vez me marcó de un modo más hondo, y que me acercó más a este camino. Fueron las novelas. Tengo que admitirlo. Me tocaron el alma, sobre todo, las novelas rusas.

Luego de haber leído estos libros y de haber resuelto... -de haber resuelto, no... De haberme hecho muchas preguntas-, yo diría que en ese viaje en tren llegué a una nueva estación. Fue hacia el final de mi adolescencia. Y aquí quisiera decir, como en ese recorrido en tren, que empezó la parada en la segunda estación. Esa estación la llamaría yo el escribir.

En algún momento de mi vida, sin darme cuenta, empecé a escribir. Primero, algunos poemas. Después, algunos cuentos.

Eran los finales de los años sesenta y me acuerdo que estábamos muy marcados los jóvenes de la época por la publicación de algunas grandes novelas latinoamericanas de los últimos tiempos. Recuerdo en especial tres: “La ciudad y los perros”, de Mario Vargas Llosa; “Rayuela”, de Julio Cortázar; y “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez.

En medio de ese fervor provocado por el “boom”, muchas personas de mi generación empezamos a escribir. En ese momento nos enfrentamos a un dilema, un dilema que era el de casi todos los escritores jóvenes de la época. Y era más o menos éste: o irnos o quedarnos. Porque la mayoría de la gente de nuestra generación pensaba que parte de la formación de un escritor, que no se podía evitar, era el viaje fuera del país. Mucha gente se fue a España, mucha gente se fue a Francia. Otros se fueron a Estados Unidos. Yo sentí que en nuestro país empezaban a pasar unas cosas muy importantes, por lo menos para mi vida, para mi generación. Y yo opté por quedarme. Sobre todo porque ya había empezado a gravitar en mi vida estos temas de los que estamos hablando hoy: el periodismo y la literatura.

Entonces yo diría que ahí mi tren llegó a una tercera estación, que fue la de la carrera de periodista.

Llegué al periodismo por la literatura. La literatura fue la que me llevó al periodismo. Pensé que si tenía que ganarme la vida de alguna manera, quería que fuera escribiendo. Para eso estudié a conciencia la historia y el oficio del periodismo, después de haberme matriculado en la carrera de Periodismo en la Universidad de Antioquia. Allá descubrí la biblioteca de la universidad y, sobre todo, me matriculé en muchos cursos de literatura. Por fortuna la carrera era muy flexible en esa época y yo diría que me sobraron muchas materias para graduarme, de literatura. Pero esas fueron tal vez las materias que más me formaron y las que más agradezco en la universidad.

En ese momento entendía que el periodismo y la literatura estaban muy cerca. Y ese embarcarme en los estudios de periodismo no me alejó en absoluto de la escritura. Seguí escribiendo cuentos. Empecé a escribir una novela. Estoy hablando de los años setenta. Pero también en mi estudio del periodismo, en mi carrera, empecé a escribir algunos de los primeros reportajes.

Aquí quiero hacer una pausa para decirles algo que para mí fue muy importante en ese momento. Yo leía los cuentos que escribía y yo mismo me daba cuenta que eran inventados. Que contaban una historia, pero que no tenían la fuerza que sí tenían los reportajes. Los reportajes no eran inventados. Descubrí, pues, una fuerza extraña en el periodismo que hasta ese momento sólo había encontrado en la gran literatura: su cercanía con la vida.

Y aquí hubo otro momento en mi vida muy importante en esta relación estrecha que ha habido entre el periodismo y la literatura. Y yo lo llamaría la cuarta estación.

Me acuerdo en especial de un reportaje, que se llama “Sentir que es un soplo la vida”. Años después de haberlo escrito publiqué un libro con una colección de crónicas y reportajes, y le puse ese título. Y lo hice porque ese fue un momento del que les voy a hablar más adelante, que me marcó. Era el año de 1973. Ese reportaje me llevó a la casa de Manuel Mejía Vallejo. Me alegra estar hablando de esto en una sala que lleva su nombre. Yo diría que Manuel Mejía Vallejo, en ese momento de mi vida, fue el primer escritor vivo que yo encontré que tenía una voz, quiero decir, una voz propia.

Parte de la búsqueda incansable de todo escritor es encontrar una voz. En mi vida, una de esas voces inconfundibles es la de Manuel Mejía Vallejo. Hasta en los sueños, para mí, su eco es familiar. La oí por primera vez una noche de 1973 en una vieja casa de techos altos que él tenía en medio de los edificios del centro de Medellín. En la casa había un zaguán corto, y en penumbra, y después un patio y un corredor. Al fondo, se podía distinguir un pequeño salón con algunos sillones forrados en una tela oscura, un baúl viejo que servía de mesa, y una lámpara que colgaba del techo y que formaba un pequeño charco de luz. Yo no lo había visto antes en persona, pero ahí, en medio de la gente y de la luz, había un hombre alto y blanco, de frente ancha y cabello negro, que contaba una historia con una voz recia, de campesino, haciendo pausas, llenas todas de la sabiduría de un viejo contador de cuentos. Mientras hablaba, fumaba un cigarrillo barato y sostenía en una mano un vaso de ron. Enseguida me di cuenta de que él era Manuel Mejía Vallejo.

Manuel pertenecía a una especie en extinción: la especie de los contadores de historias. La gente podía escucharlo hablar durante muchas horas, sin sentir pasar el tiempo, como el sultán escuchaba a Scherezade, en Las mil y una noches. Su otra gran obra, la de su conversación, se perdió para siempre, porque no quedó en los libros, cuando su vida se apagó en 1998 en su casa de Ziruma, en las montañas del oriente de Antioquia. Pero, yo sigo recordando en forma casi tan viva como esa noche, su voz. Y por eso la invoco. La invoco en muchos momentos de mi vida y hoy la quiero invocar aquí en este recuento que les estoy haciendo de este viaje.

En verdad, me pasó que después de conocer a Manuel Mejía Vallejo, después de empezar a leer sus cuentos, después de leer su novela “Aire de tango”, que ganó en ese año el Premio Nacional de Novela, me encontré una tradición que conocía sólo de oídas y que tenía que ver, nada más, debido a mi ignorancia, con algunos cuentos de Tomás Carrasquilla. Pero nunca había encontrado un escritor vivo con una voz tan propia, tan verdadera como la de él. Me dije: “Bueno, Manuel tiene esa voz porque ha tenido una vida, tiene algo que contar y aprendió a narrar al lado de su gente, contando su propia historia”.

Esto coincidió con otro momento feliz de mi búsqueda, que yo llamaría la quinta estación. Le pondría un letrero que es de un cuento de Anton Chéjov: una frase muy bonita que me marcó también en ese momento: No es conveniente el trato con las musas en la primavera.

Voy a hablarles un poco de esta experiencia, porque diría que ahí mi vida cambió de rumbo. Después del reportaje con Manuel Mejía, el que titulé en su momento “Sentir que es un soplo la vida” —basado sobre todo en un recuento de una novela que acababa de escribir, que era “Aire de tango”, y en un montón de historias que él estaba escribiendo y que luego se convirtieron en una de sus mayores novelas -“La casa de las dos palmas”—, bueno, cambió mi hoja de ruta.

Yo estaba buscando una voz y en mis primeros reportajes empecé a encontrarla, como en ese reportaje con Manuel. Además, leí dos cuentos que también me cambiaron. Uno de ellos se llama “En la primavera”, de Anton Chéjov, y el otro, una “Una familia feliz”, de Lu Sin, un escritor chino tal vez menos conocido. Quiero contarles un poco de esos dos cuentos.

El cuento de Lu Sin también lo había leído yo en una traducción en la que tenía el título de “El escritor”. Luego hallé la versión titulada “Una familia feliz”. Lu Sin es un escritor chino del siglo XX que cambió por completo la literatura de su país, una literatura con una tradición milenaria. Lu Sin cuenta en este pequeño cuento la historia de un escritor joven que está casado, tiene una hija, y como está llegando el invierno, tiene la obligación de conseguir unos pesos para pagar la leña que calentará su casa durante esos meses de frío. Y empieza a escribir un cuento para una revista literaria de la aristocracia, como era la literatura china en su antigua tradición, con contadas excepciones. Y él empieza a describir un gran banquete. Describe el primer plato. En esas la mujer lo interrumpe para avisarle que el hombre que les había vendido la leña en el invierno anterior estaba en la puerta porque no se le había pagado. Él va y habla con el señor y le pide que le fíe la leña de este nuevo invierno y que él le paga las dos cargas de leña juntas. Y en fin, empieza una disputa entre la vida diaria del escritor y el tema de su cuento. Entonces, él describe el segundo plato. Llora la niña y él tiene que levantarse a cargarla. Vuelve a escribir. Describe la entrada del tercer plato. Y lo que Lu Sin va tejiendo es una dualidad entre la vida de un escritor y el tema de su relato. Finalmente, en la casa no hay sino una mesa y él único espacio vacío para poner la leña del siguiente invierno, ya que casi está empezando a caer la nieve, es debajo de la mesa en donde él escribe. Entonces, el leñador que les ha fiado la leña comienza a traer las trozas y como no caben debajo de la mesa también las amontonan encima de ella. Y ahí termina la historia. No hay más platos.

Ese cuento me hizo pensar mucho. Digamos que él me dejó, también a mí, sin mesa para escribir. Y luego, no sé. Quiero decir que el azar no existe, porque cayó a mis manos un cuento de Anton Chéjov con un tema parecido. Sobre esa lectura yo escribí una crónica y voy a leerles un fragmento, porque ahora, que ya voy una estaciones más adelante, me di cuenta que esa parada en esta estación fue muy importante. La crónica dice así:

El libro estaba en un rincón de la biblioteca, en el cajón izquierdo, junto a los novelistas rusos, y yo pensaba que se me había perdido. Lo encontré porque llevaba varios días buscando un cuento de León Tolstoi para regalárselo a un amigo. Es un cuento hermoso y amargo sobre la cantidad de tierra que un hombre necesita. Un cuento de invierno, diría yo.

Pero los libros parecen vivos y tienen sus mañas. A veces se esconden por años. A veces, cuando uno menos piensa, reaparecen. El libro de Tolstoi decidió esconderse y éste, uno de Anton Chéjov, reapareció de la nada como si un mago lo hubiera sacado de un sombrero. Abrí sus páginas y vi que estaba subrayado. Pensé: debí haberlo leído hace más de veinte años porque no he vuelto a rayar los libros. Mientras tanto, la lluvia de noviembre aporreaba sin compasión los vidrios de las ventanas de mi casa.

Los ojos rojos del hombre de la portada me asustaron. Detrás encontré un sello: “Librería La Anticuaria. Ayacucho. No. 47 – 46” El libro se abrió en la página 16, en una frase subrayada con lápiz: “¡Qué bien, qué espléndidamente se sienten las personas sencillas!” De inmediato recordé la historia. Sucedía en abril o mayo, cuando en los campos la nieve aún no se había derretido pero las almas gritaban saludando a la primavera. El protagonista era Makar Denísich, un joven que trabajaba como secretario y administrador de una hacienda de un general retirado del ejército imperial. El muchacho ganaba dos veces el salario de un jardinero, usaba camisas de cuello blanco, estaba bien alimentado, fumaba tabacos finos y cada que se encontraba con el general podía estrechar su mano blanca, sin hacer venias, como cualquier invitado a una de sus fiestas.

Pero a pesar de todo, el joven era desdichado. Siempre estaba callado. Sólo pensaba en sus libros. Quiero decir, los libros que leía y los que soñaba escribir. Porque Makar tenía muchos libros en su habitación y escribía, escribía…, cada tarde, cada noche. Después de la comida. En la madrugada, mientras los demás dormían. Sus papeles los guardaba en el fondo de un baúl, con sus pantalones, sus chalecos, sus pañuelos y sus píldoras. En un rincón, también guardaba una pila de revistas literarias que le habían publicado algunos de sus cuentos.

En el cuento de Chejov, en algún momento, se oye la voz del general que saluda a Makar desde el carruaje en que ha salido a pasear por la hacienda con su pequeña hija: “¡Maravilloso clima! ¡Todo un día de primavera! ¿Dando un paseo? ¡En busca de inspiración, supongo!”

Luego, el viejo, tirando de las riendas de su caballo, le habla al joven escritor de un cuento que ha leído esa mañana, mientras tomaba el café: “Ah, muchacho, ¡qué bella cosita he tenido entre mis manos! Una insignificancia de sólo dos páginas; pero, ¡qué encanto! Lástima que no sepa usted francés; se la daría para que la leyera…” Y mientras el general narra la historia, Makar la escucha incómodo, como sintiéndose culpable de no ser el autor francés que la escribió.

Chejov, que cuidaba cada línea de sus cuentos como un cirujano cuida la línea de corte del bisturí en la piel de un paciente anestesiado, se gasta varias páginas mostrando a Makar caminando lentamente por un sendero, con un sobretodo azul, un sombrero de peluche y un bastón. Cuenta cómo da cinco pasos, se detiene y mira al cielo. Mientras tanto, el jardinero contempla el renacer de las hojas de los árboles en las ramas todavía secas, con las manos en las caderas, y el cazador sonríe con insolencia adentrándose en el bosque. Makar anda encorvado, tose con timidez y parece de malhumor, como si la primavera pesara sobre él, sofocándolo con su belleza.

Sin darme cuenta, estaba leyendo el cuento al revés. Me devolví una página. La frase que había subrayado hacía años decía: “Hay que evitar cualquier contacto con las musas en primavera”.

La frase cayó sobre mis hombros como el aguacero que ahora hacía temblar los vidrios. Por mi mente pasaron muchos años a una velocidad de vértigo. Recorrí con los ojos una, dos, las cinco páginas del cuento, y entonces leí otra frase que tenía la misma marca ya envejecida de ese lápiz de mi época de estudiante de periodismo: “El egoísmo de autor es una enfermedad del alma; quien la contrae ya no oye el canto de los pájaros, ni ve la luz del sol ni la primavera; con sólo tocarlo levemente en su punto débil, todo su organismo se contrae por el dolor”.

Bueno, entonces tomé la decisión de huir del trato con las musas en la primavera. Y me dediqué al periodismo. Ahí yo llamaría a la estación siguiente, la del periodismo. A partir de esa estación seguí buscando mi voz. Me hundí hasta el cuello en el periodismo. Me dediqué a recorrer mi ciudad, mi región, mi país. Me dediqué a escuchar a la gente. Fueron unos diez años de trabajo. Y lo que en un comienzo muchos de mis amigos, que tenían la misma vocación, vieron como una equivocación, yo descubrí luego que había sido la mejor elección que había podido tomar. Mejor dicho, no la mejor. No habría podido tomar otra. Pues, en primer lugar, estaba mi subsistencia como hombre y, en segundo lugar, mi subsistencia como escritor. Entonces, creo que el corazón no me hizo equivocar. Aunque a veces el corazón lo hace equivocar a uno, nunca lo hace mentir.

A prpósito de esto, quería decirles algo más, y es que si la literatura no es una necesidad, si escribir no es una necesidad, de pronto en una estación de tantas uno se pierde. En eso no hay que tener miedo, creo yo. Y yo sé que aquí me están escuchando muchos escritores jóvenes. No hay que tener miedo a los dilemas ni hay que tener miedo a los caminos que se vengan, a las tierras de nadie, a los paisajes desconocidos.

Me sirvió haber huido del trato con las musas en la primavera. Y terminé, más o menos diez años después de estar en el periodismo, comprendiendo que todo el periodismo que me tocó hacer, con excepción de las noticias obligatorias de cada día, fue un periodismo que lo hice por la formación que había tenido como escritor, por la literatura que había leído. Me di cuenta, además, de que todas las herramientas que yo tenía para narrar eran las herramientas que yo había aprendido leyendo las novelas de Dostoievski, de Tolstoi, de Balzac, de Stendhal, de Charles Dickens, y en general de todos esos escritores que ahora llamamos clásicos y que son sobre todo los novelistas de los siglos XVIII y XIX y algunos del siglo XX también.

Yo recuerdo que buscando una historia, pero buscando una historia que fuera mía y buscando mi propia voz, me encontré, donde menos pensaba, una historia para un cuento. Primero la pensé para un reportaje y decidí escribirla como un cuento. Tenía que ver con una hermana mía que había estado en Estados Unidos. Regresó a Colombia luego de trabajar muchos años y creyó que los ahorros que había traído le iban a alcanzar para el resto de su vida y, bueno, como todos sabemos, no fue así. Entonces le tocó volverse a ir, pero ya no le dieron visa, porque habían cambiado los tiempos y ya no había necesidad de mano de obra extranjera en Estados Unidos, sino que estaban sobrando obreros. Y a ella le tocó irse por “el hueco”. Y la cogieron en la frontera entre Estados Unidos y México, en la zona de Tijuana. Entonces, ella había salido para Estados Unidos en una especie de excursión. Iba por México, cruzando a pie la frontera guiada por un coyote que la engañó y como a los tres días estaba otra vez en mi casa, de madrugada, deportada y llorando. La llevaron unos agentes del DAS. Yo dije: “Aquí tengo mi primera historia. Éste sí va a ser un cuento mío”. Y me puse a escribirlo.

Después me acuerdo que dije: “De pronto tengo una serie de historias que quisiera escribir en una novela”. Y en eso me animó mucho otro escritor muy importante que conocí, que se llama Mario Escobar Velásquez, a quien encontré porque se había ganado el mismo premio que se había ganado Manuel Mejía Vallejo en 1973, con una novela muy importante en la literatura colombiana de hoy, que se llama “Cuando pase el ánima sola”. Él y yo conversamos varios días para escribir un reportaje que me encargaron de El Tiempo, y él lo único que me decía era: “Vos me estás haciendo trampa a mí... A vos te gusta mucho la literatura, ¿por qué no me advertiste?”. Decía eso porque me veía sin afán y sin grabadora, hablando con él en forma apasionada de su libro y de su vida. Él siguió insistiendo. Cuando escribí el reportaje, me dijo: “Vos has escrito literatura”. Y yo le confesé que sí. Me dijo: “Pero entonces vas a tener que volver a sentarte a escribir”. Ahí sí le hice trampa porque no le conté que estaba escribiendo algunos cuentos. Y me puse a escribir en los días de descanso un libro, que se convirtió en mi primera novela: “Tuyo es mi corazón”.

Empecé a escribirla tranquilo porque sentí que en el periodismo ya había encontrado mi propia voz. En 1984 acabé el libro. Encontré una editorial española que me lo publicó y abandoné el periodismo diario. Y en ese momento se me presentó otro dilema. Pensé que mi carrera de periodista ya la había hecho y que ahora era el momento de abrazar la literatura. Entonces vino la nueva estación. “El cielo que perdimos”, la llamaría yo.

Logré entrar a la Universidad de Antioquia como profesor en 1985. En 1987 me dieron una beca para un taller de escritores en Estados Unidos, el de la Universidad de Iowa. Las condiciones de la beca eran haber publicado un libro y estar escribiendo otro. Y yo ya había empezado a escribir “El cielo que perdimos”. En esa beca pude adelantar bastante en la escritura de la nueva novela, pero no pude terminarla. Regresé a la universidad y en 1990, más o menos, sentí que había acabado el trabajo y la pude publicar también con la misma editorial.

Y ahí ya empezó otra etapa de mi vida porque me metí mucho a los archivos, a leer periodismo antiguo, de nuestro país y de nuestra región. Yo creo que esa fue otra cosa muy importante, porque me encontré con una tradición narrativa muy fuerte.

El encuentro con nuestro periodismo narrativo me dio fuerzas para intentar algo que no había podido hacer en el periodismo de todos los días: escribir un reportaje largo, escribir un libro que fuera una historia real pero narrada con todos los recursos narrativos que le da a uno la literatura. Fue el libro “El oro y la sangre”. Lo logré publicar en el año 1994. Yo estuve acumulando documentos y testimonios de un caso que me había tocado cubrir en el periódico El Tiempo. Yo diría que ese fue otro año decisivo. Me salí de la universidad durante varios meses para volver al periodismo. Afortunadamente pedí una licencia y no perdí mi cargo de profesor. En ese nuevo encuentro con el periodismo publiqué “Sentir que es un soplo la vida”, una colección de crónicas y reportajes escritos a lo largo de unos diez o quince años.

En el archivo de periódicos de la biblioteca de la Universidad de Antioquia me encontré otra vez el legado de los muertos: las voces de nuestros grandes narradores olvidados: los periodistas. A partir de ese reencuentro, que ha sido largo, porque ha durado diez años más, logré escribir un libro que se llama “Literatura de urgencia”, todavía inédito. También otro libro que es dedicado a un escritor antioqueño, que a mi modo de ver es uno de los más importantes que tuvo Colombia en el siglo XIX, llamado Francisco de Paula Muñoz. Mi libro sobre su vida y su obra se llama “Un pionero del reportaje. Francisco de Paula Muñoz y El crimen de Aguacatal”. También preparé una antología que se llama “El periodismo en Antioquia”, publicada por la Biblioteca Pública Piloto. Por último, escribí otro libro dedicado a los procedimientos narrativos del periodismo, y a los periodistas y escritores jóvenes, que se llama “Escribiendo historias”. Este fue editado por la Editorial de la Universidad de Antioquia en el 2003.

A partir de este momento una parte de mi trabajo también empezó a tener que ver mucho con la historia del periodismo narrativo. Una forma de hacer periodismo que ha recibido muchos nombres: Nuevo Periodismo, Periodismo Literario. Estudiando esa historia he comprendido que desde que el hombre inventó la escritura hay un hilo que une los cronistas de la antigüedad con los reporteros de los tiempos modernos. Ese hilo es, por un lado, la realidad, y por el otro, la palabra, su representación. Lo que los griegos llamaban la mímesis. Es decir, el mismo problema del arte de todos los tiempos. Tal vez por eso el periodismo moderno ha alcanzado su mejor expresión usando la misma caja de herramientas narrativas de los novelistas de los siglos XVIII y XIX. Tal vez por eso, también, muchos novelistas del siglo XX han alcanzado la cima de su arte usando la caja de herramientas de los periodistas. Se ha cumplido la profecía de Jean Paul Sartre: la novela moderna se parecerá cada vez más al reportaje. Esto quiere decir que el periodismo narrativo también puede llegar a ser un arte. También puede ser literatura.

Aquí tendría que hacer el recuento de muchos escritores. No los quiero cansar con esa lista. Pero va, digamos, desde Daniel Defoe hasta John Reed. Desde Ambrose Bierce hasta Bruce Chatwin. Y en el caso de Colombia, desde escritores como Francisco de Paula Muñoz, en el siglo XIX, hasta escritores más contemporáneos como Gonzalo Arango, Germán Pinzón, Germán Castro Caycedo.

Quiero terminar diciéndoles, simplemente, que la conclusión de estos años de aprendizaje, para mí, puede resumirse en una frase que escribí en “Literatura de urgencia” hablando del periodismo de mi país: “En Colombia, buena parte de la mejor producción literaria de los siglos XIX y XX hay que buscarla en los periódicos. Son reportajes. El reportaje ha dado un testimonio de la vida del país tal vez más vivo y más complejo que la novela. Los mejores reportajes escritos en Colombia durante estos años han sido literatura. Literatura de urgencia. Y también literatura olvidada. Pero, en todo caso, gran literatura”.

Bueno, y aquí llego a la última estación. Esto no es un vía crucis, sino un viaje en tren. Tampoco estoy hablando de la estación de la primavera. Sigo de viaje por la misma carrilera. Creo que la vida es ir de viaje. Y pienso que ya he llegado a la estación del otoño. He vuelto al periodismo de otro modo: enriquecido por la literatura; he vuelto a la literatura de otro modo: enriquecido por la vida, por el periodismo, por las voces de nuestra gente, por nuestra historia. Creo que por fin he encontrado mi voz. En mi comienzo se encuentra mi final. El periodismo y la literatura han marcado mi vida desde hace muchos años. El mío ha sido un viaje en el que la literatura y el periodismo han estado frente a mis ojos, como los dos rieles de acero de una carrilera que tiene que llegar a alguna parte. A lo largo de mi vida, ha sido un viaje por el que he atravesado paisajes desconocidos, tierras de nadie... Pero siempre ha sido un viaje feliz.

Muchas gracias.

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